Un juego de caballeros: Honor y Gloria

Crítica
Publicado: 13 Abril 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

La nobleza del futbol en 'Un juego de caballeros'

Antes de que el fútbol hiciera alarde de su espectacularidad y se convirtiera en un circo terrible pero formidable; antes de que Messi, Cristiano o Zidane fueran encumbrados a la altura de los dioses; antes de las asombrosas e inigualables hazañas de Maradona, Pelé o Franz Beckenbauer; antes, incluso, de que Johan Cruyff o Alfredo Di Stéfano cambiaran las reglas del juego para siempre; pero, sobre todo, antes de que el futbol se entregara a esa gran maquinaria comercial y se volviera en un epicentro de la idolatría más desmesurada. Antes de todo eso, el futbol era un juego de caballeros.

La nueva serie de Netflix se centra en los albores del fútbol, justo cuando comienza a dejar de ser un juego amateur para convertirse en un deporte profesional y accesible a las clases populares.

La FA (Asociación de Fútbol Inglesa), conformada por aristócratas, se ha establecido como la única autoridad del balompié, luego de haber dotado de reglas al juego y darle una estructura. 

El drama se origina cuando James Walsh (Craig Parkinson), el dueño de Darwen, un equipo conformado por la clase trabajadora, rompe una de las reglas de dicha federación que prohíbe pagarle a los jugadores. Walsh contrata a Fergus Suter (Kevin Guthrie) y Jimmy Love (James Harkness), dos jugadores provenientes de Escocia bastante talentosos y cuya habilidad para entender el juego eleva el nivel de competencia y pone en aprietos a los equipos de aristócratas, quienes, hasta ese momento, se creían los únicos dueños del deporte.

La idea de ser derrotados en su propio juego deja entrever una amenaza mucho mayor: que el juego deje de pertenecerles. Aprovechando sus influencias en la FA, los miembros del Old Etonians, uno de los equipos con mayor autoridad en la Asociación, comienzan a ponerle trabas a los equipos donde juegan Suter y Love, bajo el pretexto de haber roto las reglas. No obstante, su verdadero propósito es quedarse con la Copa y acrecentar el prestigio de su club al consolidarse como el equipo con más triunfos del circuito. En pocas palabras, no quieren perder.

Si tomamos en cuenta que se trata de solo un juego, el acto, aunque corrupto, bien podría ser tomado como algo trivial. Pero lo cierto es que pone en evidencia una problemática mucho mayor: la lucha de clases que se va desarrollando en el país y que se manifiesta de forma cada vez más salvaje y radical.

juego de caballeros diferencia social

Lo que promueve la FA —incitados por los Old Etonians— es un atropello que no solo hace más evidente la desigualdad, sino que despoja a la clase trabajadora de oportunidades y le quita mérito. A final de cuentas, los miembros del Old Etonians juegan con una ventaja que le otorga su privilegio de clase: no solo están saludables y bien alimentados, sino que cuentan con suficientes recursos para entrenar y concentrar sus esfuerzos en planear estrategias de juego. Los jugadores de los equipos de clase obrera, en cambio, apenas ganan lo suficiente para alimentar a su familia, por no hablar de que trabajan seis días a la semana durante varias horas. El conflicto, evidentemente, va mucho más allá de pagarle o no a los jugadores.

¿Cómo puede ser esa una competencia justa, un espectáculo decente? «¿Te parece un comportamiento digno de un caballero?», le pregunta Arthur Kinnaird (Edward Holcroft) a Francis Marindin (Daniel Ings), su compañero de club, quien alega que los clubes obreros hacen trampa por pagarle a sus jugadores.

Kinnaird es el único entre los aristócratas que logra darse cuenta de que el juego debe modernizarse para crecer y promover una competencia mucho más justa, aunque esto implique que las clases populares lo adopten. Para él, se trata del deporte y de su nobleza, de la competencia justa antes que la victoria inmerecida.

En otras palabras, se trata de que el futbol deje de ser un juego de caballeros —la aristocracia— para convertirse en un verdadero juego de caballeros —representantes de la nobleza y la generosidad—.

Al final, no importa quien alce la copa. Si el juego se vuelve honorable y verdaderamente competitivo, todos terminarán ganando. Y es que, como bien dijo alguna vez Vicente del Bosque: «el deporte nos hace mejores personas».

Por otro lado, el paralelismo entre el futbol y los personajes es evidente y está muy bien logrado. Al igual que el deporte —antes vulgar y prosaico, hasta que los nobles ingleses le dieron estructura—, los dos protagonistas (Suter y Kinnaird) deben dejar atrás sus arrebatos infantiles y egoístas para convertirse en verdaderos hombres. El futbol es la vida para ambos y significa más que un simple juego. Se trata de un deporte que les ayuda a forjar el carácter y les motiva a ser mejores personas. Los hace madurar.

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A pesar de sus diferencias, Suter y Kinnaird, son en esencia, el mismo personaje. Los dos son talentosos y viven fascinados por el juego. Pero también luchan por ganarse un lugar en el mundo. Igualmente, ambos buscan desesperadamente ganarse la aprobación de sus padres. En este caso, es el amor lo que les permite renunciar a esta ilusión para convertirse en sus propios modelos a seguir.

Kinnaird está decidido a convertirse en el hombre que su amada Alma (Charlotte Hope) cree que es, mientras que Suter encuentra en Martha (Niamh Walsh) la oportunidad de demostrar que es un mejor hombre que su padre.

En ambos casos es el amor el que les ayuda a convertirse en verdaderos caballeros, personas nobles y admirables que se comportan con honestidad y valor ante la adversidad. Cuando se enfrentan cara a cara en la final, el resultado es lo de menos. Ambos son ya triunfadores de la vida.

Una de las virtudes de la serie es que hace un planteamiento inteligente del deporte, lo que le permite sortear el estigma de «pan y circo» que al futbol suele atribuírsele. Si bien no deja de mencionarse que el juego puede ser un sedante de la miseria que viven las clases más bajas, así como un entretenimiento que saca las pasiones más bestiales del ser humano, el argumento se centra en las virtudes más sublimes del deporte, en su nobleza. Ganar o perder no importa, mientras se juegue con honor.

Con base en esto, los jugadores en la cancha se vuelven admirables no tanto por sus proezas físicas, sino por la forma en la que juegan. Mientras los atletas nos dan algo a que aspirar —un ideal al que quizás nunca lleguemos—, los caballeros que juegan en esta serie nos recuerdan que todos podemos ser como ellos si nos lo proponemos. Al final, el juego es con uno mismo, o como bien dice esa frase mal atribuida a Hemingway:

«No hay nada noble en ser superior a otro hombre. La verdadera nobleza consiste en ser superior a tu yo anterior».[1]

Por otro lado, la serie no deja de ser autocrítica. En un punto de la serie, Suter no deja de pensar en el juego mientras el mundo a su alrededor se cae a pedazos: hay huelgas y revueltas en toda la ciudad y él solo puede pensar en cómo esto afectará al torneo. Esto, sin duda, puede leerse como un comentario crítico por parte de los realizadores al fanatismo que provoca el futbol en la actualidad. [2]

En conclusión, Un juego de caballeros es una serie mucho más profunda de lo que podría pensarse, más no por eso deja de ser emocionante. Estoy seguro que muchos lograrán saciar —aunque sea por un instante— el hambre de fútbol que les ha dejado el reciente confinamiento y disfrutará con entusiasmo la serie. Pero más allá de lo conmovedora y apasionante que pueda llegar a ser, a más de uno le recordará porqué se enamoró de este maravilloso deporte en primer lugar.

VER EN NETFLIX


[1] W. L. Sheldon. Abril de1897. Ethical Addresses, Serie 4, Número 4, «What To Believe: An Ethical Creed», S. Burns Weston, Philadelphia, Pennsylvania.

[2] Y para muestra, solo se requiere ver cómo actuaron muchas de las ligas en el mundo ante la suspensión de partidos por la pandemia.

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