Crítica: Los dos papas

Crítica
Publicado: 14 Enero 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

Como una rebanada de pizza que no es ni fría ni caliente

Hay películas que son osadas, audaces, que no le temen innovación; películas valientes que no dudan en hacer las cosas de manera distinta o a tocar ciertos temas. Por supuesto, también hay películas que prefieren jugar a lo seguro. Son aquellas que repiten patrones, que copian tendencias, que son cautas en su hechura y que suelen ser predecibles, toda vez que se limitan a alternar campo y contracampo para su narración. Y aunque esto no es necesariamente algo malo, lo cierto es que muchas de esas películas carecen tanto de ambición como de carácter.

Pues bien, Los dos papas (The two popes, Fernando Meirelles, 2019) no es ni una ni la otra. Al igual que la iglesia de Laodicea, se trata de un filme más bien insípido, que pretende ser más de lo que realmente es. Es, sobre todo, un filme que se queda a la mitad de todos los temas, de modo que resulta casi imposible desentrañar su principal premisa.

Por momentos, Meirelles parece querer coquetear con la denuncia, pero lo hace de una forma tan tímida —casi como si la Iglesia Católica hubiese financiado el filme— que termina dejando el tema de los escándalos sexuales como una anécdota. En ese sentido, carece del valor de otras películas como Por gracia de Dios (Grâce à Dieu, François Ozon, Francia-Bélgica, 2018) o En primera plana (Spotlight, Tom McCarthy, EUA, 2016), por mencionar solo dos.

Luego, el filme parece adquirir un tono más social al tocar el tema de la dictadura argentina, pero ocurre exactamente lo mismo; es tal el afán de dejar bien parado a Jorge Bergoglio que esto le resta fuerza al argumento, acaso dejando un producto digerible para el público al que parece estar dirigido el filme: abuelas católicas, público norteamericano asiduo a las películas de Hallmark y alguno que otro confundido que ya no sepa que ver después de soplarse la última temporada de The Witcher.

Por supuesto, podríamos pensar que Meirelles no se atreve a pisar los temas escabrosos porque no es de lo que trata el filme. Es decir, que los pasa solo por encima, so pretexto de hacer una biopic, pero lo cierto es que tampoco le alcanza para hacer una película que cumpla con las reglas de este género. En efecto, el filme está colmado de flashbacks, pero el director no recurre a ellos para contar la biografía de un personaje —en este caso, Jorge Bergoglio— sino más bien para ilustrar sus conflictos internos, como una forma de darle dimensión al personaje.

De este modo, vemos la forma en que el joven Bergoglio deja a su prometida y cómo pacta con la dictadura «para salvar a muchos» —lo que sea que eso signifique— y el modo en que Dios le enseña la humildad y el valor del perdón. Lamentablemente, como veremos más adelante, es tan ingenua e inverosímil la forma en que se presenta al carácter, que esto demerita el valor de la historia.

No obstante, lo que me parece más desaprovechado es el tema de la fe. Meirelles nos hace asistir al encuentro entre dos grandes hombres de fe, pero parece que no sabe qué hacer con ellos. Por un momento, nos hace creer que va a presentarnos ambas posturas y sentimos que estamos a punto de presenciar un debate maduro, donde habrá controversia, confrontación. Un debate en el que podremos participar como espectadores inteligentes, capaces de sacar nuestras propias conclusiones.

escena de la película "Los dos Papas". Cara a cara

¡Oh, decepción! Lo que Meirelles termina haciendo es arrojar frases y clichés para ilustrar lo que él cree que representan estas posturas. Incluso pareciera como si los diálogos hubiesen sido sacados de un Bartlett de citas o de recortes de periódicos. En pocas palabras, no hay discurso. Lo que sí hay es una película de talking heads, donde los personajes —casi siempre en close up, de forma que solo se vean sus cabezas— se limitan a decir su diálogos, pero sin ninguna inventiva; lo peor es que ni siquiera el diálogo es informativo. Por el contrario, el único propósito parece ser que la película avance.

En este sentido, si queremos encontrar películas que aborden la fe de manera profunda e inteligente, podemos citar, por ejemplo, La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d'Arc, Carl Theodor Dreyer, Francia, 1928), Luz de invierno, (Nattvardsgästerna, Ingmar Bergman, Suecia, 1963) o la más reciente De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, Xavier Beauvois, Francia, 2010).

Al final, Meirelles termina decidiéndose por el buddy film y no conforme con poner a bailar tango a los dos papas protagonistas, les hace ver por televisión la final del Mundial de Brasil. Ambas escenas provocan pena ajena, no solo por lo insustanciales que resultan para el filme en general, sino por la forma tan torpe en que han sido filmadas.

En todo caso, no me extrañaría nada si alguien me dijera que fue el propio Bergoglio quien financió la película. La imagen que hacen de él es tan ingenua como fastidiosa. Meirelles aprovecha cuanta oportunidad tiene para hacerlo lucir como un santo. Como decíamos anteriormente, los flashbacks intentan darle dimensión al personaje, un poco de profundidad, de contradicción, (1) más no lo logran. Y es que Bergoglio —el personaje, por supuesto— siempre hace lo correcto. Incluso cuando comete un error, termina bien parado. De hecho, es tan bueno que aún aliándose con la dictadura hace más bien que mal.

Es, en conclusión, un carácter predecible, plano. La historia nos dice que sufre, pero no lo vemos sufrir, como tampoco lo vemos enfrentarse a situaciones que lo hagan cuestionar su fe o al menos reflexionar un poco. No hay más conflicto que aquel que la voz en off nos indica. En ese sentido, a Meirelles se le olvida una máxima en la narración cinematográfica: «no lo cuentes, muéstralo».

Ni siquiera un actor de la talla de Jonathan Pryce logra darle al personaje algo de dimensión. Por el contrario, su presencia parece perjudicar a la narración. No solo resulta inverosímil que Pryce sea argentino, sino que cada vez que el personaje habla en español —desconozco si es doblaje— es inevitable que la ilusión se rompa. Es una tristeza ver a un actor tan talentoso desaprovechado de esta forma.

En ese sentido, sale mejor parado Anthony Hopkins, aunque no por mucho. Como actor de método que es, Hopkins otorga un poco más de esmero en su construcción de Joseph Ratzinger, pero su actuación nunca llega a ser formidable, en parte porque el personaje tampoco está bien definido desde el guión. Así, Hopkins se queda en un punto medio entre una gran actuación y una actuación cumplidora.

Ambos actores toman la película sobre sus hombros y tratan de vender el producto, pero no es suficiente. En ocasiones, incluso, pareciera que Meirelles lo sabe y se limita a encuadrarlos en planos muy cerrados, como si la genialidad de ambos pudiera salvar la película. Lamentablemente, esto nunca sucede.

En todo caso, quien sí cumple es Juan Minujín en su interpretación del joven Bergoglio. No obstante, su talento tampoco basta para salvar la película.

Al final, los personajes son tan poco definidos y las actuaciones son tan inconexas que todo termina siendo un amasijo confuso, aderezado con rebanadas de pizza tibia, un contador de pasos automático y fragmentos de partidos de futbol. Los dos papas es un filme donde no hay reflexión, no hay discurso. No hay inventiva —tan es así que Meirelles recurre al cliché de contar el pasado en blanco y negro—.

Como decíamos, una película que se queda a medio camino; el problema es que el destino al que debe llegar es también incierto. Acaso resulta conveniente repetir la advertencia de Juan de Patmos a la iglesia de Laodicea: «¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca».

 


(1) en drama, decimos que un personaje con dimensión es aquel que presenta contradicciones en su personalidad, haciéndolo más verosímil e interesante. Por ejemplo, Macbeth no es solo un personaje motivado por la ambición, sino que también siente culpa al conseguir lo que desea.

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