Crítica: Jojo Rabbit, jugar a la guerra es jugar

Crítica
Publicado: 26 Junio 2020
Escrito por Arturo Garibay

JOJO RABBIT
(Jojo Rabbit)
Dir. Chad Stahelski

Entre Lo que hacemos en las sombras (2014), Thor: Ragnarok (2017) y la flamante Jojo Rabbit (2019), vaya que me está costando trabajo elegir cuál es mi película favorita de Taika Waititi. Es más, trato de evitar la pregunta. Lo que sí es cierto es que esta triada tan excéntrica y dispar de piezas fílmicas nos habla de un cineasta articulado para afrontar con humor y encanto cualquier reto: el de un falso documental sobre vampiros, el de una aventura cósmica de superhéroes o el de un relato de la Segunda Guerra Mundial que, hay que decirlo de una vez, es un auténtico deleite.

Jojo Rabbit cuenta la historia de un niño que quiere ser nazi. El pequeño Jojo (Roman Griffin Davis) ha crecido con su madre en la Alemania de Hitler. Y su deseo es estar al servicio del Führer. Jojo asiste a un campamento de adoctrinamiento con su mejor amigo Yorki (Archie Yates). Ahí, los jóvenes son versados sobre las bondades del régimen imperante, sobre las filosofías arias y sobre los primeros conocimientos bélicos que todo niño alemán que se precie debería tener.

Jojo, emplazado en una parte crucial de su crecimiento pues está parado justo en la frontera que separa la niñez de la adolescencia, ha perdido a su hermana y a su padre, dos figuras ausentes que le hacen bastante mella. Por otro lado, la madre de Jojo, Rosie (Scarlett Johansson) es una mujer amorosa y comprensiva, pero también una persona de convicciones y con visión, una rebelde furtiva. Jojo tiene, además, un amigo imaginario bastante especial: el mismísimo Hitler (Waititi), quien le hace visitas bastante “formativas”.

Jojo Rabbit la doctrina vs el corazón

El periplo tortuoso del pequeño Jojo inicia cuando descubre a una joven judía escondida tras los muros de su casa. Él, forjado con las doctrinas del Führer, no puede imaginar cosa más aberrante y aterradora: él enemigo vive bajo su techo. ¿Qué efecto tendrá en el niño encontrarse cara a cara con la peor pesadilla concebible en el mundo que le tocó habitar?

En la infancia vivimos el “querer ser”, eso que hacemos al decir “cuando sea grande quiero ser doctor”, o cuando jugamos y decimos “quiero ser un súper héroe” o “quiero ser un robot”. En Jojo Rabbit, Waititi nos presenta a un niño que afronta su realidad sumergido en su “querer ser”, pero también en el juego. Cuando Jojo va al campamento adoctrinador de nazis, lo hace con la misma inocencia de un niño que sale con sus amigos a jugar a la guerra. Todos los niños juegan a la guerra. ¿Se le puede echar en cara a un niño que juegue, incluso si eso implica jugar dentro de o en contra de la historia? Cada vez que pienso en Jojo Rabbit me hago estas preguntas.

Jojo Rabbit es una película de maduración contada en clave de comedia, pero también un poco como se hace con los dramas bélicos. Es cierto que es una película muy digerible, agradable de ver, incluso puede parecer ingenua. Pero no debemos olvidar que la mirada imperante de su relato es la mirada de un niño y, por más pueril que esta sea, no puede ser apreciada como insustancial. Creo que Waititi hace algo muy interesante con la mirada infantil, pues le da un valor histórico, ético, humano y social.

Jojo rabbit escena de la granada

En Jojo Rabbit encontramos la contextura genética de una comedia, es cierto. En la cinta hay una buena cuota de risas y tontadas pero también algunas lágrimas. Hay sátira, hay comedia de pastelazo y chistes absurdos. Son quizás estos elementos los que tienden el puente con el espectador, los que hacen que empaticemos con el recorrido emocional de ese niño que lo que quiere es convertirse en el mejor amigo que Hitler pueda llegar a tener (un Hitler, por cierto, interpretado por un Taika que se autodefine como “judío polinesio”).

En tiempos donde ciertas formas de comedia se han vuelto inviables porque la indignación ha venido a reemplazar al chiste, donde hemos denostado el valor del humor (que no del insulto) como válvula de escape, Jojo Rabbit logra algo muy aplaudible: traza su caricatura y su irreverencia con un objetivo, explora los terrenos de la farsa para burlarse a carcajadas de lo que se quiere mofar.

Taika Waititi, que además de dirigir ha escrito el guion de esta cinta, echa mano de uno de los recursos más primitivos: el monstruo debajo de la cama (o escondido en el armario, si se prefiere). En la infancia hemos pasado por ello, aunque solo sea producto de los miedos seminales. Que Jojo encuentre a una judía escondida en casa es su monstruo más personal, porque esa criatura horrenda desvela la posibilidad de que tenga que enfrentar los horrores propios: los de su familia fisurada y los del momento histórico.

De verdad, creo que hacer todo esto desde la comedia es una genialidad. Porque pensar en un niño jugando a la guerra en tiempos de guerra puede ser pavoroso. Waititi nos muestra en Jojo Rabbit que la comedia no vuelve triviales las cosas, sino que más bien nos da herramientas para poder abordarlas y enfrentarlas. Y si el recurso que tenemos para ello es una joya entretenida y maravillosa, qué mejor.

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