Vivarium: Shit happens [SPOILER]

Análisis de películas
Publicado: 03 Abril 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

ADVERTENCIA SPOILER: El artículo que va a leer a continuación hace referencia a partes importantes de la trama de la película, no seguir leyendo si no quiere que le destripemos la película

Incertidumbre y parasitismo de puesta en Vivarium

El hombre siempre ha intentado imponer orden y significado a la naturaleza. Este anhelo, como bien dice Zygmunt Bauman, surge de la «ambición de no dejar ningún espacio para lo imprevisto y de convertir lo incontrolable en accesible y manejable».

El orden es predecible, monótono, estable y, por lo tanto, sinónimo de seguridad. En contraposición, todo aquello que sale de nuestro control es inmediatamente definido como maligno o como el indicio de un plan supremo del que somos partícipes.

Así lo pensaba Leibniz, por ejemplo, quien aseguraba que las acciones de Dios están siempre sujetas a un principio de razón suficiente; es decir, que si el sufrimiento y la injusticia existen es solo porque estos permiten el mayor bien posible. De lo contrario, no serían permitidos.

Vivimos en el mejor de los mundos posibles, decía el filósofo alemán.

Si Leibniz estaba en lo correcto o no, es imposible saberlo. Lo cierto es que esta forma de pensar y algunas otras semejantes nos dan certidumbre y al mismo tiempo nos reconfortan. De pronto, el sufrimiento, las catástrofes y las pandemias adquieren un propósito, una razón que justifica su existencia.

Es una fantasía, por supuesto, pero una que nos permite aminorar la angustia que nos produce vivir sin saber con certeza porqué estamos aquí. Acaso lo más inquietante es que, en realidad, no hay ninguna razón para que las cosas pasen de la forma en que pasan. Y si la hay, su entendimiento nos elude.

En ese sentido, somos como un petirrojo que no alcanza a comprender porqué el cuco invade su nido y mata a sus crías. Ese es precisamente el tema de Vivarium (Lorcan Finnegan, Irlanda-Dinamarca-Bélgica, 2020).

vivarium poster de la pelicula

Uno de los grandes aciertos del filme es que solo deja pistas para entender lo que ocurre, pero jamás revela el misterio; tal y como ocurre con la naturaleza. De pronto, el espectador es arrojado a un escenario donde los acontecimientos resultan aterradores por incomprensibles. Al igual que Gemma (Imogen Poots) y Tom (Jesse Eisenberg), carecemos del lenguaje para interpretar el gran libro de la existencia.

La cinta inicia mostrándonos en qué consiste el parasitismo de puesta. Se trata de una estrategia que emplean ciertas aves —en especial el cuco— para evitar hacerse cargo de la crianza de su descendencia. Lo que hace específicamente el cuco es depositar uno de sus huevos en el nido de otra especie. Cuando este eclosiona, el polluelo de cuco recién nacido se deshace del resto de los huevos —si estos no han eclosionado— o de las crías de la especie parasitada, de modo que solo quede dicho polluelo para ser alimentado. Los padres se encargan, así, de alimentar al cuco hasta que crece a más del doble de su tamaño y cuando alcanza la madurez, abandona finalmente el nido.

Si lo racionalizamos, el acto resulta monstruoso y desagradable. Esa es precisamente la impresión que le causa a Molly (Molly McCann), la alumna de Gemma que encuentra una cría de ave muerta en el suelo, presuntamente arrojada del nido por un cuco. «¿Por que?», pregunta la pequeña, pero la respuesta de su maestra no le satisface. Gemma le contesta, entonces, con resignación: «Así son las cosas. Así es la naturaleza». Shit happens.

A Gemma se le olvida mencionar, por supuesto, que nosotros los seres humanos también somos parte de la naturaleza y no podemos sustraernos de ella. Y así como podemos ser cazadores también podemos ser presas.

En una secuencia previa, Gemma se encuentra jugando con sus alumnos a pretender que son árboles. De pronto, en el juego, una violenta tormenta se hace presente y agita con vehemencia las ramas. Sin duda, una ingeniosa alegoría: los niños, los árboles y cada uno de los seres que habitan este mundo están a merced de las circunstancias y las inclemencias del tiempo.

Por otro lado, el árbol también representa el hogar, ese artilugio que pretende mantener a raya a la inclemente naturaleza. Una casa nos da techo, nos brinda protección, nos proporciona un espacio en el que nos sentimos seguros. Pero no deja de ser una ficción que nos permite creer que pactamos una prórroga con ese mundo hostil e indiferente. Y cuando dicha ficción se rompe, nos recuerda que, como seres humanos, no controlamos nada: las casas se incendian, se derrumban, son azotadas por cataclismos y toda suerte de desastres naturales. No existe muro que nos garantice una absoluta protección contra la naturaleza o contra la maldad del hombre.

En el caso de Gemma y Tom, su búsqueda por un hogar los lleva a Yonder —el allá más lejano—, un misterioso complejo habitacional cuyo aspecto simulado lo hace más semejante a una maqueta que a un conjunto de viviendas.

vivarium viviendas

Aquí, resulta conveniente aclarar el sentido de la palabra que da título al filme: vivarium se usa para designar un ecosistema a escala que ha sido diseñado para la observación, investigación o crianza de diferentes especies, bajo condiciones ambientales controladas. Los acuarios, aviarios, terrarios son todos variaciones de un vivarium.

Así, pues, Yonder se siente artificial, sintético. De la misma forma —y para seguir con la analogía— Gemma y Tom se comportan como aves enjauladas incapaces de encontrar una salida. Dan vueltas una y otra vez alrededor de la misma casa.

Las cosas comienzan a tornarse aun más inquietantes cuando reciben un bebé por mensajería, con la siguiente advertencia: «Críenlo y serán liberados».

Sin más remedio, Gemma y Tom aceptan el encargo, pero éste termina resultando más complicado de lo que esperaban. En principio, porque la criatura (Senan Jennings), aunque parece humana, ciertamente no lo es. Además, crece de forma acelerada. A los pocos días, adquiere la fisonomía de un niño de diez años.

Con gran ingenio, el director logra hacer una perspicaz metáfora de la rutina diaria. Gemma y Tom se ven obligados a cuidar a este niño que no es suyo, practicando toda clase de actos repetitivos: despertar, desayunar, sentarse en el jardín, etcétera.

vivarium bebe

Lo que en circunstancias normales se considerarían costumbres, sin un sentido auténtico —un propósito vital—, se vuelven actos vacíos. Después de todo,  son las costumbres las que nos ayudan a lidiar con el vacío existencial, las que le dan «sabor a la vida». De ahí que la comida que consumen Gemma y Tom carezca de sabor. Esto no obedece tanto a su artificialidad como al hecho de que, para ambos, la vida ha perdido sentido. Solo consiste en repetir y repetir actos, sin saber si en algún momento el fastidio llegará a su fin.

Ante la incertidumbre, cada uno comienza a llenar el vacío como puede.

Tom hace lo único que sabe hacer: cavar hoyos. Como muchos de nosotros, se refugia en su profesión para darle sentido al abismo. Esa es su forma de lidiar con esta situación que rebasa su entendimiento. Cavando un hoyo intenta llegar, literalmente, «al fondo del asunto» y en esa rutina se le va la vida. Al final, lo que Tom hace, en realidad, es cavar su propia tumba. Nuevamente, el sentido es literal.

Gemma, por su parte, es mucho más analítica e intenta descifrar el misterio. No obstante, carece de los conocimientos necesarios para hacerlo. No comprende el mensaje que guardan los libros y la televisión. A pesar de todos sus esfuerzos, no encuentra  ninguna razón que justifique lo que les está ocurriendo.

Poco antes de morir, pregunta desesperada: «¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?». Lo más cercano a una respuesta la obtiene de parte de su «hijo», que ahora ya es un adulto (Eanna Hardwicke): «Eres una madre. Tu propósito es criar al hijo».

Así, la única función de Tom y Gemma es cumplir con la crianza. El parasitismo de puesta en su máxima expresión. Esa faceta de la naturaleza que nos resulta desagradable, monstruosa, pero que, al mismo tiempo, es indiferente a nuestra existencia.

Las palabras de Gemma a Molly resuenan en nuestra cabeza: «Así son las cosas. Así es la naturaleza».

En cuanto a las criaturas —aves mutantes, invasores alienígenas o como les quieran llamar—, estas también se encuentran a merced de los caprichos de la naturaleza. No podemos interpretar maldad en sus actos, sino, más bien, una búsqueda desesperada por sobrevivir. Son ellos o nosotros. Yonder es su medio de subsistencia, su forma de mitigar el hecho tan terrible de que su vida es mucho más efímera que la nuestra. En menos de un año, un individuo de su especie nace, se reproduce y muere. La nueva cría suplanta a la que se encuentra antes que ella y así sucesivamente.

Vivarium es una película interesante porque plantea una naturaleza que no solo es hostil sino también impasible. Esta indiferencia provoca que a los seres humanos nos resulte necesario creer que pactamos con ella, que la controlamos, que la comprendemos. Se trata de encontrar un sentido en ella o morir en el intento. De lo contrario, la vida se vuelve insípida. Lo más aterrador, sin embargo, es descubrir que no existe ningún sentido.

Y si lo hay, simplemente no lo alcanzamos a comprender. Hemos sido, todos, arrojados a este gran campo de juegos, pero desconocemos las reglas. Algunos, ciertamente, logran adaptarse mejor que otros, pero el instructivo está en un idioma que nos es desconocido.

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