Little Fires Everywhere: La sociedad disciplinaria

Análisis de películas
Publicado: 24 Junio 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

El privilegio social en Little Fires Everywhere

Shaker Heights es una de las tantas ciudades planificadas que se erigieron en los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Se encuentra ubicada en Ohio y fue concebida como una alternativa al caótico bullicio de la industrializada Cleveland, ciudad con la que colinda. Para dar forma a este remanso, desde el inicio se instauraron en la comunidad códigos de construcción estrictos, además de una serie de regulaciones de conducta que tenían como único propósito hacer de la localidad un sitio pacífico y placentero.

Dichas reglamentaciones, por fuerza de la costumbre, pronto se convirtieron en parte de la identidad de la ciudad y las normas para «reducir las molestias en la población» se volvieron, así, de lo más comunes. Por ejemplo, al día de hoy, la ciudad aún mantiene un «programa de mantenimiento de vivienda», el cual indica, entre otras cosas, que el césped de las propiedades —sin importar si están ocupadas o no— no debe exceder las seis pulgadas de alto o que el ruido generado no debe pasar de ciertos decibeles en horarios específicos.

Estas disposiciones, que por excesivas pueden parecernos inverosímiles, son, en realidad, el intento desesperado —y, por supuesto, inútil— de una sociedad que, a toda costa, busca controlar lo incontrolable, haciendo que la contingencia social se vuelva accesible y manejable. No obstante, cuando uno intenta mantener el control de las cosas más allá de lo racional, siempre ocurre la destrucción.

Eso es, precisamente, de lo que nos habla Little Fires Everywhere, la más reciente serie de Hulu, desarrollada por Liz Tigelaar (Nashville, Bates Motel) y protagonizada por Reese Witherspoon y Kerry Washington.

little fires everywhere hulu

La serie está basada en la novela del mismo nombre, la cual fue escrita por Celeste Ng, autora norteamericana de ascendencia china y quien, por cierto, vivió su infancia en Shaker Heights, por lo que conoce a la perfección el tema que está tratando.

Para la autora, la discriminación y la injusticia social no se solucionan mediante medidas condescendientes como las cuotas raciales o el lenguaje políticamente correcto. Por el contrario, tales mecanismos —casi siempre impulsados por la clase más privilegiada— no solo no logran resolver el problema, sino que lo enmascaran, perpetuando así los estereotipos.

En Little Fires Everywhere estas medidas se usan, además, como parte de un código de conducta, tal y como ocurre con la altura del césped, la regulación del ruido o los horarios designados para sacar la basura. Son, en resumen, una serie de disposiciones normativas que, bajo el pretexto de la sana convivencia y de «reducir las molestias en la población», tienen como único propósito evitar que la clase privilegiada sea molestada con temas que le resultan incómodos.

Y es que, además de su estricto reglamento de conducta y desarrollo comunitario, Shaker Heights es también una de las primeras localidades norteamericanas que se declaró como racialmente integrada, promoviendo que en todos los aspectos sociales hubiera igualdad de oportunidades para las familias de blancos y negros e impulsando una serie de medidas que permitieran reducir la desigualdad de clases sociales.

No obstante, lo que nos permite ver la serie es que debajo de esta fachada utópica de integración racial se ocultan las profundas raíces del racismo que caracterizan a la nación y que desde sus inicios han favorecido a una clase blanca con alto poder adquisitivo, aunque esta se niegue a reconocerlo.

De este modo, la serie aborda el tema del racismo y la injusticia social de una forma inteligente, no aludiendo directamente a la violencia y la discriminación racial sino más bien cuestionando el privilegio de clase que los perpetúa.

little fires everywhere racismo subyacente

Incapaz de desvanecer eficazmente las barreras raciales y la desigualdad social, la clase privilegiada de Shaker Heights se conforma con impulsar acciones que más allá de solucionar problemas de fondo le permitan, en realidad, seguir disfrutando de su posición sin ningún remordimiento.

No tienen, por tanto, la más mínima intención de mirar hacia dentro. De hecho, lo que más les incomoda es que se hable de discriminación racial o de desigualdad social, y se ofenden si se les acusa de prejuiciosos, como si solo por el hecho de pertenecer a esa comunidad fueran incapaces de tales conductas. Su altivez, por supuesto, es una defensa, ya que al negar el verdadero problema, impiden también que se propongan soluciones eficaces que, de llevarse a cabo, terminarían perjudicando su posición privilegiada.

El relato que manejan, por tanto, parece empeñado en negar el racismo y la injusticia de clase, como si se trataran de asuntos superados. Pero ¿acaso no son ellos, los blancos adinerados, la clase dominante de la comunidad?

Ese es, precisamente, el mayor problema del privilegio y que la serie plantea de forma contundente. Y es que si bien Elena (Reese Witherspoon), Lexie (Jade Pettyjohn) o incluso Linda (Rosemarie DeWitt) no son en realidad racistas, su formación les impide reflexionar acerca de su privilegio y de cómo éste afecta a otros.

Más aún, les impide reconocer que muchas de sus conductas están basadas en prejuicios que vienen perpetuándose durante años. Al final, su obstinación por no hablar del tema solo pone en evidencia el profundo temor que tienen de aceptar que el problema es real. Su evasión es, pues, un intento desesperado por mantener todo estos problemas lejos de la discusión política. Es, en resumen, una forma de mantener el control al igual que ocurre con el césped y con el ruido.

Shaker Heights se nos presenta, de esta forma, como una comunidad que, a pesar de todos su esfuerzos, no está lista para la contingencia y la más mínima grieta amenaza esa fachada basada en la simulación y la falsa idea de que todo está perfectamente diseñado y, por lo tanto, bajo control.

Esto se entiende mucho mejor cuando, para analizar los mecanismos que rigen a la comunidad, tomamos como base el concepto que Foucault denominaba como sociedad disciplinaria.

sociedad disciplinaria foucault

Para el filósofo francés la sociedad disciplinaria se caracteriza, a grandes rasgos, porque construye una compleja red de mecanismos que le permite a la clase dominante regular costumbres, hábitos y prácticas productivas con el fin de mantener el control social y perpetuar el statu quo.

De igual modo, para garantizar la obediencia de las normas que beneficien solo a la clase dominante se establecen instituciones disciplinarias que estructuran el terreno social y presentan argumentos «razonables» y coercitivos. Estas instituciones abarcan todos los aspectos sociales de una comunidad —escuela, trabajo, sociedades de padres de familia, prisiones, hospitales, etcétera— y su principal función consiste en limitar, mediante diferentes narrativas, todo pensamiento y toda práctica, a la vez que justifica mecanismos de inclusión o exclusión social.[1]

Dicho de otra forma, lo que Foucault plantea es que el poder se «materializa» a través de diferentes mecanismos de disciplina, hasta formar parte de la cotidianeidad y de cada individuo. De este modo, el poder que ejerce la clase dominante deja de ser verticalmente inmóvil, y termina permeando en los diversos estratos del cuerpo social. [2]

Las sociedades disciplinarias poseen, por tanto, un ordenamiento jurídico que marca los límites, y una mecánica de la disciplina que tiene como propósito regular el comportamiento del individuo. Por un lado, se legisla y por el otro se «normaliza», es decir, el poder permea en el tejido social vigilando, acaparando funciones, interviniendo y organizando la vida cotidiana.

Todo esto deriva en el establecimiento de medidas, jerarquías y regulaciones en torno a una sociedad determinada. Así es como nacen las concepciones de «normal» y «anormal» que determinan un modelo de sociedad cada vez más homogéneo.

Por eso es que, en Shaker Heights, las reglas son estrictas a la vez que necesarias. Son los engranajes de una compleja maquinaria cuyo funcionamiento le permite a la clase privilegiada ejercer su poder sobre el resto. Una clase privilegiada que, dicho sea de paso, está acostumbrada a resolverlo todo con dinero e influencia. Como le plantea Bill (Joshua Jackson) a Elena: «la gente como Linda y Mark [blancos de clase acomodada] siempre ganan».

Lo lamentable es que así ha sido siempre. Muchos norteamericanos podrán decir: «ese no es el país en el que crecí».  Efectivamente. No obstante, es el país en el que aquellos de raza negra han crecido. Un país injusto, agresivo y terriblemente cruel, que algunos blancos se niegan a ver.

Lo cierto es que ningún norteamericano puede darse el lujo de olvidar que la esclavitud fue determinante para el desarrollo económico del país. Los campos de trabajo forzado de algodón fueron de vital importancia durante la Revolución Industrial y sentaron las bases de aquel privilegio que muchos blancos gozan aún en nuestros días. Acaso lo más triste, es que gran parte de la sociedad norteamericana ha decidido creer que nada de esto ocurrió o se deslindan de la responsabilidad histórica bajo el argumento de que no fueron ellos los responsables. Y, sin embargo, ninguno se atreve a renunciar a ese privilegio que les fue legado como consecuencia de la explotación de miles de hombres.

escena de 12 años de esclavitud

Como diría Faulkner en Réquiem para una mujer: «El pasado no está muerto ni enterrado. De hecho, ni siquiera es pasado».

Por supuesto, el problema racial no se reduce únicamente a los Estados Unidos. La deshumanización y esclavización de la población africana durante la colonización en América, sentó las bases de la discriminación racial contra las personas afrodescendientes que persiste hasta la actualidad en todo el mundo.

A pesar de lo que muchos insistan en creer,  la historia de la discriminación racial en el mundo no es para nada inofensiva. El racismo tiene efectos psicosociales para quien lo vive, efectos que quienes viven el privilegio racial simplemente no comprenden.

El problema con mecanismos sociales como las cuotas raciales y el lenguaje políticamente correcto es que lejos de resolver el problema lo enmascaran. Son, en realidad, una forma encubierta y controlada de racismo. Peor aún, son condescendientes ya que no solo se niegan a nombrar el problema de frente sino que permiten a la clase privilegiada tratar a los demás como niños que necesitan ser salvados. La cultura de lo políticamente correcto no ayuda a quienes sufren de discriminación e injusticia. Antes, por el contrario, le brinda a los blancos la oportunidad de sentirse mejor consigo mismos y congratularse por ser tan tolerantes.

El planteamiento de Little Fires Everywhere es inteligente porque nos permite ser testigos de lo profundas que llegan a ser las raíces de la discriminación, a la vez que nos confronta con nuestros propios prejuicios raciales. Como dato curioso, en la novela la raza de Mia no está definida. Por supuesto, debido a las situaciones a las que se enfrenta, se puede intuir que se trata de una mujer de raza negra, de clase trabajadora, pero esto se debe a ciertos códigos sociales que  influyen en nuestra percepción.

La presencia de Mia en Shaker Heights deja en evidencia la enorme grieta, no solo en la comunidad sino también en la vida perfectamente planeada de Elena. La enemistad surge de inmediato. Metafóricamente hablando, el conflicto entre ellas es la metáfora perfecta de una fuerza imparable a punto de chocar con un objeto inamovible.

el conflicto vecinal en little fires everywhere

Elena espera que Mia actúe como si no hubiera diferencias raciales ni económicas entre ellas y se ofende ante la más mínima mención de discriminación. Por su parte, Mia se muestra siempre a la defensiva y con su actitud altiva y desconfiada es capaz de sacar lo peor de la gente.

Acaso el mayor problema de ambas es que ninguna es capaz de entender a la otra. Ambas tienen la razón y, paradójicamente, también están equivocadas. Por lo tanto, preguntarse cuál de ellas inició el conflicto es tan inútil como preguntarse qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Lo cierto es que el conflicto entre ambas comenzó mucho antes de que ellas se conocieran. Acaso desde que eran muy jóvenes y aprendieron a interpretar el mundo a su manera.

Es esta apreciación del mundo lo que provoca que Elena llame a la policía porque le desagrada que haya una persona [Mia] viviendo en su coche y luego sienta culpa por haberlo hecho, al grado de querer resarcir el daño de la única forma que sabe: ofreciendo dinero. Es, también, la causa de que Mia se sienta ofendida por la forma en que Elena la trata o por el empleo que le ofrece, el cual considera denigrante.

Las raíces son, pues, profundas y se remontan a siglos, pero no hay forma de dilucidar con precisión en donde comienzan, así como tampoco se logra divisar una solución adecuada.

Los pecados de nuestros padres y de los padres de nuestros padres son también nuestros pecados. El racismo es un problema que nos concierne a todos. Acaso la única solución es hacerse responsable por lo que a uno le corresponde, sin olvidar el pasado, pero con la mirada puesta en el futuro.

Nuestra responsabilidad es hacernos conscientes de todas aquellas narrativas que, desde nuestro privilegio, nos conducen al prejuicios y a la discriminación, para poder romper con ellas.

Eso es lo que plantea Pearl (Lexi Underwood) en uno de sus poemas.

«¿Yo era el pájaro o era la jaula?

¿Era yo misma o una de mis madres?

¿Estaba a salvo o me sofocaba?

Porque el pájaro está en una jaula;

y la jaula, en una ciudad.

Y la ciudad es de brillante

Harina blanca y hermosas mentiras.

Y tal vez no podemos evitar soñar

Ni ser de lo que estamos hechos.

O tal vez, sí.

Si al final podemos

Ver las mentiras y la ciudad,

Y la jaula en la que estamos,

Podremos ver muchas cosas más.

Podremos ver la puerta.

Una salida.

Y podremos escapar».

little fires everywhere las protagonistas

Al final, lo que propone la serie es que no hay nada más saludable que decir las cosas como son. Poner sobre la mesa temas espinosos como el racismo, la desigualdad social y el privilegio permite discutir los problemas a profundidad y sin subterfugios.

En ese sentido, Little Fires Everywhere abre un debate que obliga a cuestionar las razones por las que un grupo puede llegar a tener ventaja sobre otros y eso me parece de lo más positivo, más si tomamos en cuenta los acontecimientos que vivimos actualmente. El que los de arriba cuestionen su privilegio implica también que los de abajo se hagan conscientes de que su condición no es natural ni inevitable. Esto último, sin embargo, siempre representa una amenaza para el statu quo que beneficia a los primeros.

Little Fires Everywhere nos invita a dar el salto con valentía. Aunque, por supuesto, la empresa no es para nada sencilla. Como dice Mia, en ocasiones hay que quemar el terreno por completo para poder sembrar nuevamente en él.


[1] Foucault, Michel (1986). «Vigilar y castigar». Madrid: Siglo XXI Editores.
[2] (en inglés) Foucault, Michel (1990). «The History of Sexuality, Volume I: An Introduction». Robert Hurley, trans. New York: Vintage.

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