LA NACIÓN HISTÉRICA

Análisis de películas
Publicado: 29 Mayo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

La máscara como simulacro en The Boys

Aunque a simple vista no lo parezca, The Boys es muy semejante a otra serie de Amazon Prime: Hunters. Ambas nos hablan acerca de la naturaleza del mal y de la pérdida de la inocencia. Y aunque quizás se escuche increíble, The Boys aborda estos temas con mucho mayor seriedad y de una forma más madura.

En efecto, mientras la propuesta de Hunters sugiere una lucha entre las fuerzas de la luz y de las tinieblas donde las fronteras del bien y del mal se encuentran perfectamente definidas, The Boys tiene un enfoque mucho más realista y parte de la idea de que la maldad no existe en si misma.

La serie plantea un mundo donde los paladines de la justicia son capaces de las mismas atrocidades que un ser humano común y corriente. A pesar de sus superpoderes, están sujetos a las mismas pasiones y vicios que cualquiera de nosotros.

A diferencia del tratamiento que hace Hunters de los nazis, en The Boys no hay una representación de la maldad absoluta. Esto no quiere decir que no existan villanos. Por el contrario, la serie tiene a uno de los mejores antagonistas del género. No obstante, su desarrollo de carácter está bastante bien fundamentado. Se trata de un ser tan detestable que nos hace estremecer de espanto, y aunque la identificación con él es improbable, esto no nos impide comprender las razones que motivan cada una de sus acciones.

En la serie, ningún personaje hace el mal en nombre del mal, sino siempre en nombre de lo que consideran correcto, un bien que es también su propio bien.

Con las fronteras de lo ético y lo moral difuminadas de este modo, no podemos hablar de una maldad ni bien absolutos, sino simplemente diferentes tonos de gris donde la integridad de cada decisión resulta confusa.

Sin duda, una ingeniosa vuelta de tuerca al planteamiento más fundamental del género de superhéroes, el cual, a diferencia de lo que muchos creen, no consiste en la lucha entre las fuerzas del bien y del mal, sino más bien en la confrontación entre el deseo y el deber.

The boys poster con los superheroes protagonistas

La heroicidad del superhéroe no deriva de sus superpoderes, sino de la renuncia que hace de su deseo, anteponiendo todo aquello que considera correcto sin importar lo difícil que pueda llegar a ser. El superhéroe es capaz de renunciar al amor, a la envidia, al odio y a cualquier pasión humana, con el fin de consagrarse a los más altos ideales, poniendo sus cualidades y fortalezas al servicio de la sociedad y de la justicia.

Incluso en su vida privada —su identidad secreta— el superhéroe renuncia a usar sus poderes, ya que esto no solo los pondría en evidencia, poniendo en riesgo a sus seres más queridos, sino que además le proporcionaría ventaja sobre los demás. Es, pues, una renuncia a ellos mismos en nombre de la ética y la justicia. El superhéroe nunca deja de cumplir con lo que considera su deber para satisfacer otros deseos, como puede ser el de tener una vida anónima y normal como el resto de la gente, o aprovecharse de su superioridad para volverse rico y poderoso.

Su código de la ética y de la justicia es siempre bastante elevado. Es eso lo que los hace admirables. Son, pues, el arquetipo de lo correcto. El superhéroe encarna, de este modo, la victoria de la norma social sobre el capricho egoísta, del deber sobre el deseo. Es, en pocas palabras, la máxima expresión de la moralidad, de lo que debe hacerse y no de lo que quiere o puede hacerse.

De ahí que, como arquetipo, se le relacione frecuentemente con los valores y sentimientos de una nación. Los superhéroes son, en cierto modo, la encarnación de la forma de vida del país que representan, que es casi siempre Estados Unidos, el «país de la libertad» y del llamado «sueño americano».

Igualmente, la función más importante del superhéroe es suplir las fallas del propio sistema, entrar en acción cuando las cosas salen de control, precisamente cuando la sociedad normal es incapaz de hacer funcionar el sistema. De alguna forma, se trata de la fantasía infantil del padre que viene a solucionar las cosas. 

Y es que los héroes, como representación del yo ideal —esa suerte del Ubermensch nietzscheano—, nos vinculan con el complejo paterno. Como dice Freud:

[El psicoanálisis] nos ha enseñado que, psicológicamente, el Dios personal no es otra cosa que un padre enaltecido, y todos los días nos hace ver cómo ciertos jóvenes pierden la fe religiosa tan pronto como la autoridad del padre se quiebra en ellos. En el complejo parental discernimos, pues, la raíz de la necesidad religiosa; el Dios omnipotente y justo, y la naturaleza bondadosa, nos aparecen como grandiosas sublimaciones de padre y madre, o más bien como renovaciones y restauraciones de la representación que se tuvo de ambos en la primera infancia… [1]

De este modo, inferimos que los superhéroes no son más que representación de los ideales y, por tanto, de la autoridad, la norma. El súper-yo.

Ahora bien, Freud también nos explica que el superyó y el ello están profundamente vinculados.  Como sabemos, el ello es, entre otras cosas, donde habitan los impulsos ilícitos. De aquí parte Žižek cuando se refiere al superyó no como una entidad ética, sino más bien como «una entidad obscena que nos bombardea con órdenes imposibles y se ríe cuando somos incapaces de satisfacer sus demandas. Cuanto más obedecemos, más culpables nos hace sentir. Siempre hay algún aspecto de demencia obscena en el superyó».

El patriota en the boys

El ello es destructivo, pero el superyó también lo es a su propia manera. Es necesario mantener la distancia suficiente para no identificarnos con él. De lo contrario, terminaríamos matando a todos y a nosotros mismos.

El Patriota, 'Homelander', (Antony Starr) mantiene esta distancia renunciando a su identidad secreta. Deja de fingir que es un ser común y corriente, y se asume como lo que es, un superhombre. No obstante, no se identifica con los valores que representa. Dichos valores son, en realidad, su máscara. Una simulación, tal y como descubre Annie January (Erin Moriarty).

Como Starlight, Annie descubre que, para Vought International, ser una superheroína no tiene nada que ver con ser heroica sino con proyectar la imagen correcta. Los Siete son, por consecuencia, tan solo un producto que se comercializa.

El conflicto de Annie se basa en tratar de seguir siendo una heroína más allá de la simulación. Homelander, en cambio, presenta una postura mucho más cínica al aceptar la máscara por lo que es: un molde hueco. Para él, el disfraz tan solo funciona como un soborno para hacer atractivo el ideal que representa.

Ahora bien, ¿qué nos dice El Patriota acerca de la nación a la que simboliza? Por supuesto, su nombre no es fortuito. Nos habla de las tres «eses»: soberanía, seguridad, superioridad. Estos conceptos están por encima de todos. Lo mismo él: El Patriota está por encima de todos y lo sabe. Esto le permite dar rienda a sus pasiones más profundas. Sus impulsos son primitivos, infantiles y, por lo tanto, destructivos. Pero, en su caso, lo que le hace más abominable y peligroso que cualquier otro ser, es que su superyó le pone pocas trabas, cada vez menos.

Por otro lado, tenemos el discurso metatextual de la serie. Como ideal, Homelander es el sueño norteamericano cumplido. Por supuesto, sabemos bien lo que ocurre cuando el sueño se realiza: toma la forma de pesadilla. Así, lo que El Patriota termina simbolizando es una nación histérica, donde lo único indispensable es mantenerse por encima de todo, cueste lo que cueste.

el superyo tiene una parte destructiva

Las encuestas, el muestreo mediático, la búsqueda constante de aprobación, todo se reduce a esa constante necesidad de alcanzar el éxito, de ganar, caiga quien caiga. De ser el mejor, el más fuerte, el más veloz, al menos en apariencia. No está equivocado Butcher (Karl Urban) cuando le dice a Hughie (Jack Quaid) que la única debilidad de los súper es su reputación. Una vez más, la máscara como simulacro.

Así, pues, El Patriota no es sino la representación de la insatisfacción permanente de la sociedad, de la falta de propósito. Su vacío es el vacío mismo del país; un vacío que intenta llenarse con el consumo compulsivo y la apariencia.

Nos habla de una nación histérica cuyos actos dependen de la ficción: al igual que el líder de Los Siete, siempre trata de mostrar la imagen de lo que cree que se espera de ella. Hace lo que sea para impactar a los demás de forma contundente.

Como el superhéroe que se supone que es, El Patriota salva gente, frustra crímenes; hace lo suficiente para mantener su reputación, pero en el fondo es un niño caprichoso, inclemente y todopoderoso. Pero su motivación no es obra de la maldad sino del abandono, de la carencia afectiva, de la necesidad de figuras paternales.

Publicada por primera vez en 2006, The Boys es uno de los cómics más influyentes de los últimos años. No obstante, su tono antiheroico no es del todo original. Ya en 1986 Alan Moore lo proponía en Watchmen, probablemente la obra más importante del género. En ella, Moore sugiere que los superhéroes son seres trastornados, cuya afición por disfrazarse y lastimar a otros en nombre de la justicia raya en lo enfermizo. Más que paladines de la justicia, los superhéroes actúan como agentes de un estado totalitario.

Watchmen abre la puerta, así, a otras grandes propuestas que se atreven a romper con el estereotipo del superhéroe. Entre los ejemplos más conocidos tenemos a Frank Miller durante su periodo en Daredevil, pero sobre todo, con sus obras más emblemáticas: Sin City y The Dark Knight. También podemos mencionar a Todd McFarlane con Spawn, o más recientemente a Mark Millar, creador de Red Son, Kick-Ass, Civil War y Nemesis, obras que juegan con los estándares del género superheroico.

Así mismo, la influencia de la obra de Moore está presente en obras fílmicas, como en Los increíbles (The incredibles, Brad Bird, Estados Unidos 2004) o en la más reciente El hijo (Brightburn, David Yarovesky,  Estados Unidos, 2019), producida por James Gunn y que plantea la posibilidad de que Superman fuese tan solo un niño caprichoso.

Con respecto a la serie, podemos decir que The Boys es una de las mejores adaptaciones de cómics que se hayan hecho. Si bien la historia es un tanto distinta del material original, logra captar muy bien su esencia.

the boys comic

Incluso, podemos decir que mejora la propuesta de Garth Ennis, su creador, ya que le otorga suspenso al argumento del cómic y una mayor dimensión a los personajes. Sin embargo, el gran acierto es que mantiene ese aspecto cutre y escabroso. Fiel al cómic, la adaptación toca temas relevantes en la actualidad, como el acoso sexual laboral, la cultura de la corrección política y el corporativismo.

A su vez, la serie aprovecha la figura de Vought International para lanzar una crítica abierta y bastante certera a Disney y al Universo Marvel. Al igual que estas compañías, Vought International es una mega corporación que controla diferentes aspectos sociales y tiene sus tentáculos metidos en todos lados, desde la industria del entretenimiento hasta la militar. De ahí la importancia de mantener su prestigio, pues lo que está en juego no es la popularidad de los superhéroes en si, sino la idea del superhéroe sobre la que se sostiene esta industria multimillonaria.

El parecido con la realidad es aterrador. Tan solo recordemos la forma tan celosa en que Disney cuida la reputación de sus estrellas, para mantener la cultura family-friendly que caracteriza sus filmes y seguir generando dinero con ellos. Quizás el caso más notable de esto sea el de James Gunn, quien fue despedido por la compañía por haber publicado hace más de diez años chistes bastante subidos de tono en sus redes sociales.

Ahora bien, aunque narrativamente la serie es superior al cómic, la comparación entre ambas no es del todo justa. Tengamos en cuenta que, a diferencia del cine y la televisión, los cómics dedican menos tiempo al aspecto argumental. Cada título tiene como máximo un escritor, mientras que una serie o una película cuenta con un grupo coordinado de talentos con el único propósito de pulir un guion y reducir los errores. Si aun así los hoyos argumentales e incoherencias están presentes, imagínense con un solo escritor trabajando horas extras.

Usualmente relegados a un papel secundario, siempre detrás de los dibujantes —las estrellas del medio—, los escritores son apurados a entregar sus historias, a veces sin tener tiempo de revisarlas. Los arcos frecuentemente se sostienen por la idea y no tanto por su ejecución.

Aún así, cada cierto tiempo surgen verdaderos talentos. Tal es el caso de grandes como Neil Gaiman, Alan Moore, Frank Miller, J. Michael Straczynski, Brian Michael Bendis, Mark Millar, Dan Slott, Man of Action (el genial grupo conformado por Duncan Rouleau, Joe Casey, Joe Kelly, y Steven T. Seagle), Jonathan Hickman y el propio Garth Ennis.

Debemos reconocer que el trabajo que hace este último con The Boys es bastante sólido y proporciona una red de seguridad para la adaptación a cargo de Eric Kripke y su grupo de escritores.

Por supuesto, como es de esperarse, la serie tiene muchos guiños y referencias. En lo personal, una de las más geniales es la inclusión de Terror, al que me hubiera gustado ver mucho más, por cierto.

Otro gran momento es el encuentro de Simon Pegg con Billy Butcher. En el comic, el personaje de Hughie está inspirado en el actor. En la serie, por razones de edad, es interpretado por Jack Quaid —el hijo de Dennis Quaid y Meg Ryan—, pero Pegg hace una aparición especial como su padre, Hugh Campbell.

En resumen, The Boys es una de las mejores propuestas que tiene Amazon actualmente. No por nada es una de las series más vistas de la plataforma. La segunda temporada está planeada para estrenarse a finales de este año, por lo que aún tienen tiempo de ponerse al día.


[1] S. Freud. Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci. (1910) Obras Completas, Vol. 11. Amorrortu Editores.

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