La máquina del inconsciente

Análisis de películas
Publicado: 04 Mayo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

Solaris: adaptando a Stanisław Lem

Ubicada en una estación espacial «embrujada» que orbita un planeta sensitivo —en toda la extensión de la palabra— y aparentemente siniestro, Solaris no trata sobre el futuro de la humanidad o el contacto con monstruos espaciales. Tampoco es una novela que se interese mucho por el viaje interstelar o la infraestructura tecnológica. Se trata, más bien, de una obra filosófica y poética que trasciende la ciencia ficción y nos invita a reflexionar mediante sus planteamientos existenciales.

Con toda probabilidad, el aspecto más crítico del autor hacia el género radica en dos planteamientos principales: el primero, que la comprensión del universo por parte del ser humano es una utopía. El segundo, que toda comunicación con una inteligencia no-humana es imposible.

Para Lem, el Otro está siempre fuera de nuestro alcance y comprensión, por lo que el tan anhelado contacto no puede tener lugar, aunque nosotros, como humanos, lo necesitemos para ser felices.

En Solaris, a diferencia de otras obras representativas del género, la inteligencia extraterrestre no se reduce a una mera proyección del ser humano; es decir, no se trata en absoluto de un organismo humanoide o una entidad con la que el hombre pudiera establecer una mínima empatía o conexión: se trata de un océano que envuelve a todo el planeta y que obedece a un comportamiento impredecible. Quienes se encargan de estudiar el planeta, ni siquiera están seguros de que el océano esté al tanto de su presencia, pues no parece estar interesado en establecer contacto.

Lem aprovecha esta circunstancia para revelarnos cuán lejos estamos, como individuos, no solo del Otro, sino de nosotros mismos. Y nos invita a plantearnos preguntas trascendentales acerca de nuestra existencia. En ese sentido, Solaris tiene mucho que enseñarnos sobre Dios, el hombre, el intelecto y el misterio del alma humana.

Citando a Jesús Palacios:

«Solaris es una novela de ciencia ficción y sobre la ciencia ficción, que a través de su argumento y propuestas cuestiona la naturaleza misma del género, y hasta la del género humano en cuanto a su fe en la posibilidad de comprender el universo. Al menos, el universo no-humano, para el que nuestra mente no está preparada y al que, de hecho, tratamos siempre de reducir a nuestro engañoso tamaño, en un desesperado (e inútil) intento por hacerlo comprensible y manejable […]

»La novela de Lem planeta la imposibilidad de la comunicación con cualquier ente no-humano, por inteligente que sea (¿Inteligente desde el punto de vista humano? ¿Desde qué otro punto de vista podría ser?), y nuestra tendencia inevitable a antropomorfizar todo intento de aproximación a formas de vida —imaginarias o reales— que no pertenezcan a la especie humana. Lem señala el gran fallo de la ciencia ficción en general y de aquella que trata sobre la vida alienígena en particular: su incapacidad de concebir una forma de inteligencia que no tenga absolutamente nada que ver con la nuestra […] como autor de ciencia ficción, Lem pareciera, paradójicamente, querer destruir la esencia propia del género para expresarse más y mejor. De un plumazo, la reflexión que Solaris, libro, y Solaris, planeta, imponen al lector se lleva por delante desde los marcianos tentaculados e invasores de Welles hasta el monolito de 2001».[1]

Al confrontarse con el misterio del océano, el ánimo de la tripulación oscila entre la esperanza y la absoluta desesperación. Por momentos, se sienten inclinados a creer que hay cierto propósito consciente en la forma en que el océano se comporta, creando sobre su superficie mimoides, simetriadas y asimetriadas, que llegan a remitir a construcciones arquitectónicas familiares. Pero esto no deja de ser más una cuestión de fe que una hipótesis basada en hechos científicos. La solarística —la ciencia que estudia al planeta— es incapaz de ofrecer pruebas definitivas de tales afirmaciones.

Solaris parece albergar una monstruosa conciencia, pero es tan diferente al ser humano que no existe forma de establecer contacto. Ni siquiera existe una manera de comprobar que se trata de una inteligencia. El océano es tan indescifrable que resulta metafísico. ¿Qué es la inteligencia?

La intriga se hace más profunda cuando los tripulantes se enfrentan a los visitantes, proyecciones creadas por Solaris. De alguna forma, el océano es capaz de leer las mentes humanas durante el sueño y de crear réplicas de anhelos o recuerdos antiguos, propiciando así una reflexión profunda acerca de la psique humana y la identidad. ¿Qué significa ser humano?

Kris Kelvin, el protagonista de la historia, es visitado por su difunta esposa, Harey. A partir de este encuentro, el psicólogo se enfrenta a sus sentimientos más profundos y es a partir de tal confrontación que logra reconciliarse consigo mismo, con su pasado, pero también con la idea de Dios.

«Aun siendo Solaris la obra de ciencia ficción que pudiera haber acabado con la ciencia ficción entera, no lo hace porque es, sobre todo, una aventura que arrastra al lector al centro mismo de la maravilla. Lo incomunicable, lo inexplicable e inabarcable es también lo fascinante, lo asombroso. El Misterio. Y su eterno desafío a la mente humana […] para buscar las respuestas adecuadas […] aunque sea imposible encontrarlas o, precisamente, porque es imposible encontrarlas. Solaris es una obra maestra de la ciencia ficción porque, además de plantear la paradoja epistemológica por excelencia, es también una novela llena de intriga e ingenio. A ratos, funcione como auténtica obra de horror cósmico, que suscita un escalofrío lovecraftiano en el lector […] Es también una historia de amor […] pero no se apodera del libro, sino que está siempre descrita e inserta en el marco de la peripecia solariana. Hay suspense, pero no a la manera barata del thriller, sino con la tranquila indiferencia de quien sabe crear tensión y ansiedad, sin necesidad de resolverlas en meras fórmulas dramáticas».[2]

Siendo una obra tan cautivadora, no es ninguna sorpresa que se haya intentado adaptar al medio audiovisual. No obstante, la profundidad y complejidad que encierra el material literario promueve que toda adaptación se antoje, al igual que la solarística, un esfuerzo inútil. A lo más, ha servido para que un grande como Tarkovski plantee sus propias inquietudes, brindándonos lo que, sin duda, es una de las más grandes obras cinematográficas, pero que poco tienen que ver con el legado del autor polaco.

En todo caso, es menester que consideremos que toda película originada en un texto literario no deja de ser una lectura de esa obra entre muchas otras posibles, una versión que no puede proclamarse como «definitiva», de la misma manera en que ningún lector puede adjudicarse la titularidad en la interpretación del libro, bajo pena de clausurar su significado.

Con esto en mente, a continuación hacemos un breve repaso a las tres adaptaciones de Solaris:

Solaris (1972)

País: Unión Soviética
Dirección:
Andréi Tarkovski
Guion:
Andréi Tarkovski y Fridrikh Gorenshteyn
Fotografía:
Vadim Yusov
Montaje:
Lyudmila Feyginova y Nina Marcus
Sonido:
Semyon Litvinov
Música:
Eduard Artemiev
Protagonizada por:
Natalya Bondarchuk, Donatas Banionis, Jüri Järvet, Vladislav Dvorzhetsky, Nikolai Grinko y Anatoly Solonitsyn

solaris 1972

Sin duda alguna, la adaptación más celebre de la novela. Andréi Tarkovski, al igual que Lem, es un filósofo y un poeta. Su obra es extraordinaria, una de las más complejas y maravillosas que haya dado el séptimo arte. Su densidad espiritual es, como el propio director lo dijo al hablar de la función del arte, «una de las mayores aventuras modernas que se hayan emprendido para elevar el nivel de la consciencia espiritual del hombre».

No obstante, como adaptación, se toma bastantes libertades con el material original. Esto, por supuesto, no es nada malo, pero es importante considerar que el ruso se desvía tanto que, más allá de la anécdota, la obra de Lem es irreconocible. De ahí que los siguientes comentarios no resulten sorprendentes:

«Éramos como un par de caballos aparejados cada uno tirando del carro en dirección contraria». (Lem, 2003)

«En Stalker y en Solaris si hay algo que no me interesaba era la ciencia ficción». (Tarkovski, 1977)

«Amputó todo el paisaje científico y en su lugar introdujo tal cantidad de extravagancias que no las puedo soportar». (Lem, 1987)

«Él no entendía el cine, y no lo entiende hasta el día de hoy». (Tarkovski, 1985)

«Me hubiera gustado ver el planeta Solaris». (Lem, 1987)

Al final, es bien sabido que la obra, a pesar de su genialidad, fue despreciada, primero, por el autor del libro y luego por el propio director.

En su análisis del filme, Slavoj Žižek considera esta adaptación como la obra más representativa de aquello que se conoce como la máquina del ello, un ente u objeto que «tiene la capacidad de materializar nuestros sueños y deseos más profundos».

Tarkovski analiza a profundidad el sufrimiento y la culpa bajo una perspectiva religiosa. Para el ruso, el intento de la humanidad por desterrar el sufrimiento resulta inútil. Antes, el sufrimiento implica la posibilidad de encontrar sentido a la existencia.

Por otro lado, el filme nos plantea que aunque ya no existen fronteras entre las naciones, el hombre las lleva cada vez más dentro de sí.

Solaris (2002)

País: Estados Unidos
Dirección:
Steven Soderbergh
Guion: Steven Soderbergh
Fotografía:
Steven Soderbergh (Como Peter Andrews)
Montaje:
Steven Soderbergh (Como Mary Ann Bernard)
Producción:
James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini
Protagonizada por:
George Clooney, Natascha McElhone, Jeremy Davies y Viola Davis.

solaris 2002

El fallo fundamental de esta versión es evidente: Steven Soderbergh no es un filósofo y mucho menos es un poeta. En consecuencia, la obra de Stanisław Lem no solo le queda grande, sino que es una rotunda decepción en todos los aspectos.

Se trata de un filme en el que no hay nada excepcional técnica o artísticamente. Una adaptación mediocre y terriblemente monótona, llena de agujeros argumentales, diálogos excesivos y redundantes, y un sinfín de situaciones carentes de sentido. Por supuesto, esto no es de extrañar cuando los artífices de esta versión no son otros que Steven Soderbergh y James Cameron. Si acaso leyeron el libro, es más que evidente que no lo entendieron.

Solaris (1968)

País: Unión Soviética
Dirección:
Boris Nirenburg y Lidiya Ishimbaeva
Guion:
Nikolay Kemasky
Fotografía:
Vadim Yusov
Protagonizada por:
Vasily Lanovoy, Vladimir Etush, Viktor Zozulin y Antonina Pilyus

solaris 1968

 Por último, tenemos la adaptación menos conocida de la novela. Realizada en 1968, se trata de un telefilme dirigido por Boris Nirenburg y Lidiya Ishimbaeva, el cual aún puede descargarse en algunos sitios en línea. De hecho, existe una versión subtitulada en YouTube.

En lo personal, creo que es la adaptación que más se apega al material original. Es precisa y bastante eficaz, aunque carece de carácter y estilo, razón por la cual ha sido relegada al olvido.

La fidelidad a la novela tiene sus pros y sus contras. Por un lado, es un placer ver el conflicto de la obra plasmado al pie de la letra. No obstante, hay momentos en que se siente acartonada e inverosímil. Los actores parecen más bien estar recitando los diálogos.

Pero su mayor falla radica, sin duda, en que no muestra el océano.

Conclusiones

Como bien plantea Jesús Palacios, las adaptaciones de Solaris son obras que, «como acotaciones "solarísticas" al margen o notas al pie, pueden enriquecer el libro, pero nunca sustituirlo ni, mucho menos, superarlo».

Siendo el océano la esencia misma de la historia, es una lástima que ninguna de las versiones le haya hecho justicia. En ese sentido, la representación visual de Solaris nos sigue eludiendo de la misma forma que la certeza rehúye a los solaristas.

En todo caso, lo más cercano a una reproducción fidedigna son las geniales ilustraciones de Dominique Signoret, con las que deberemos de conformarnos.


[1] Stanisław Lem, Solaris. Editorial Impedimenta. 292 páginas. 1ª edición de 1961. Traducción de Joanna Orzechowska; introducción de Jesús Palacios.

[2] Op. cit.

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