La importancia de llamarse Luce

Análisis de películas
Publicado: 18 Marzo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

Palabras, palabras, palabras; el nombre como Ley en Luce (2019)

En su obra de 1958, Proper names, el filósofo John Searle explica que los nombres propios no son caprichosos, sino que identifican algo y esa identificación es la que le da sentido al objeto mismo.[1]

Yendo un poco más allá, el psicólogo Miguel Ángel Rebollo afirma que «un nombre propio puede no significar nada al ser considerado como una simple identificación, pero se le añade la carga simbólica con el paso del tiempo y la experiencia que adquiere».[2]

Lo cierto es que, en muchos casos, el nombre suele preceder al nacimiento; incluso, puede que exista antes de la misma concepción. Se trata de una fuerza inconsciente en los padres, quienes, a través del nombre, buscan «hacer realidad un ideal o un deseo que ha sido postergado».[3]

Hay muchos casos que ejemplifican esto. Uno de ellos lo podemos encontrar en El niño y el significante. Un estudio sobre las funciones de jugar en la constitución temprana, del doctor Ricardo Rodulfo. Rodulfo nos narra la historia de una pareja que deseaba tener una niña y eligieron para ella el nombre de «Lucía». Al nacer, resultó que la criatura era un varón, por lo que a los padres les resultó fácil modificar el nombre. Lo nombraron «Luciano», que fácilmente puede entenderse como: Lucía-no. El nombre se vuelve, entonces, una pesada carga que al niño Luciano se le deposita sobre los hombros; se trata de la carga de no ser la persona que los padres deseaban que fuera.

Esto es precisamente lo que ocurre en Luce (Estados Unidos, 2019), el más reciente filme del realizador nigeriano Julius Onah.

luce cartel de la pelicula

Cuenta la historia de un chico eritreo (Kelvin Harrison Jr.) que termina siendo adoptado por Peter (Tim Roth) y Amy (Naomi Watts), debido, en parte, a la crisis humanitaria que vive el país africano. Desde el inicio, según nos enteramos, a Amy se le dificulta pronunciar el nombre del chico correctamente, así que Peter propone cambiárselo. Así, deciden llamarlo Luce, que proviene del latín lucere, «brillar».

Ahora bien, con base en lo que analizamos en los primeros párrafos, podemos asegurar que, si sometiéramos a análisis la elección de un nombre, se encontraría el origen inconsciente que se aloja en la mente de quienes lo otorgan.

En el caso de Luce, el significado nos resulta más que evidente. Cuando el chico recibe su nuevo nombre, recibe también una carga simbólica de lo que se espera que sea. Luce debe destacar, traer la luz, ser brillante.

Tales son las expectativas de Peter y Amy, quienes no solo han decidido la identidad de su nuevo hijo, sino que también han depositado inconscientemente en esa elección tanto sus ideales narcisistas como sus deseos reprimidos.

Por tanto, el éxito de Luce es, a la vez, el éxito de Peter y Amy, pues ellos le han dado un nombre que también representa una parte de sí mismos. Podemos deducir, entonces, que la elección del nombre de su hijo es algo que les produce placer y satisfacción, destacando así la presencia de eso fuertes componentes narcisistas.

Pero hay otro factor que resulta igualmente importante: el despojo de la primera identidad. De cierta forma, al ser nombrado, Luce pasa a ser propiedad de esas personas que le dieron un nombre, una nueva identidad. Pero ¿qué ocurre, precisamente, con esa primera identidad? ¿qué ocurre con el nombre tabú, el que no debe ser nombrado?

En el filme, Amy nos revela que, antes de ser adoptado, Luce había sido reclutado por los militares de su país, por lo que al llegar al país presentaba serios problemas de agresividad y conductas antisociales. Como él mismo le dice a Harriet, su maestra (Octavia Spencer), aprendió a manejar un arma antes que a conducir un automóvil.

Su nuevo nombre, por tanto, tiene también el propósito de enterrar esa identidad que no le permite adaptarse al entorno social dominante. Ese nombre representa al Ello que, por destructivo, debe mantenerse a raya.

luce escena 1

Cuando se le da nombre a una persona, no solo existe este ordenamiento de lo que se espera que sea, sino que también se le otorga un lineamiento que expresa lo que puede y no puede hacer. Es como dice Lacan, la Ley. El superyó freudiano que dicta lo que es ético y moralmente correcto.

En el caso de Luce, su nombre actúa como una fachada. Todo impulso destructivo —metaforizado por el pez al que mata cuando es niño— es gradualmente aminorado hasta que, aparentemente, solo queda una extrema amabilidad y una personalidad encantadora.

Es el Yo despojando al Ello. Y al mismo tiempo, el Superyó dictando leyes de conducta. Pronto, Luce comprende que si se comporta como sus padres —y la sociedad— esperan, será digno de su amor y protección. Luce aprende, entonces, a adaptarse. Se vuelve el chico modelo que todos esperan que sea. Una máscara que mantiene a la sociedad tranquila. La falsa idea de seguridad.

Pero, como bien sabemos, el Ello no siempre puede mantenerse a raya. Es parte de nosotros y tratar de negarlo tiene terribles consecuencias.

El director nos ejemplifica esto en la secuencia donde Rosemary (Marsha Stephanie Blake), la hermana de Harriet que sufre de algún trastorno metal no especificado, se presenta en la escuela en medio de un colapso nervioso y provoca un escándalo. Harriet, controladora y compulsiva como es, simplemente no puede mantener a raya el hostil caos que para ella representa su hermana y necesita de una fuerza mayor que la contenga.

Ahora bien, si hay algo que nos ha enseñado el psicoanálisis es que cuando uno intenta mantener el control de las cosas más allá de lo racional, cuando uno se convierte en la voz inclemente del superyó, ocurre la destrucción. En el caso de Luce, todo impulso agresivo de su parte está específicamente prohibido por la Ley del nombre, pues remite a su primera identidad violenta y asesina, a ese pasado que incomoda a la sociedad y que prefiere mantener oculto.

La orden, por tanto, es tan clara como poderosa: Luce debe ser un santo, pues, de lo contrario, será un monstruo.

Esta postura revela otra arista de la sociedad en el filme: la corrección política que, entre sus muchas características, imposibilita nombrar las cosas por su nombre para evitar la confrontación. Nuevamente, una falsa idea de control y de seguridad, pero que no resuelve nada. Palabras, palabras, palabras, le decía Hamlet a Polonio.

luce escena 2

Cuando Amy descubre la grieta en la fachada de Luce, en lugar de confrontarlo directamente, decide callar por miedo a que el chico sienta que su intimidad ha sido violada. Amy teme —equivocadamente, por supuesto— que la confrontación eche por tierra todos esos años de terapias. El miedo a conocer la grieta, a saber que Luce puede ser agresivo, violento, mentiroso, la mantiene a la distancia. Lo sobreprotege y se sobreprotege.

Pero Luce es tan solo un adolescente, como cualquier otro. Sí, es violento, sufre de cambios anímicos, tiene inquietudes sexuales y quiere experimentar con drogas, pero en él, debido a su pasado, se vuelve un foco rojo. Cada acción de su parte es  «un constante argumento político», tal y como expresa Peter en algún punto.

Pero lo cierto es que no solo Amy lo sobreprotege, también lo hace toda la sociedad. Un aspecto paradójico de lo políticamente correcto es que despoja al individuo de su identidad y lo encasilla. Es lo que conocemos como discriminación positiva. Ocurre cuando somos incapaces de concebir a los grupos vulnerables como seres humanos, sujetos al capricho y a la maldad. Por temor a ofenderlos, realzamos exageradamente sus virtudes y los encasillamos. Adoptamos, además, una actitud condescendiente con ellos.

Luce es víctima de esto. A pesar de ser negro, no es tratado como uno, porque se le considera «algo más». De cierta forma, el haber sido víctima de la guerra eritrea lo enviste de cierto halo trascendental. Es como si, para los blancos, Luce hubiese superado su condición racial; es negro solo por su piel —el doble estándar de lo políticamente correcto—.

En conclusión, la cultura de la corrección política no resuelve el conflicto, simplemente lo encubre. Se trata de una solución superficial. Actúa de la misma forma que el nombre de Luce, dictándonos una ley de cómo debemos comportarnos y tratando de sepultar aquello que, por conflictivo, nos resulta incómodo.

Quienes se mueven dentro de los límites de esta política social se la pasan eligiendo siempre las palabras y gestos adecuadas, de la misma forma que Luce hace al preparar sus conferencias. Pero, al igual que estas ponencias, se trata solo de un montaje, una escenificación. Como dice Harriet, el contexto también es importante.

En todo caso, uno de los aspectos esenciales de las relaciones humanas es el conflicto. No podemos evitarlo. Por supuesto, podemos intentarlo, pero el riesgo es que, como en el filme, termine explotándonos en la cara como fuegos artificiales.


[1] Searle, J. (1958). Proper names. Mind. New Series, 67(266), 166-173.
[2] Rebollo, M. (1995). El nombre propio y su significado. AEF XVIII, 399-406.
[3] Marcer, C., y Kicillof, D. (1990). Introducción al psicoanálisis de la elección de los nombres propios. Revista de Psicoanálisis de Buenos Aires, 47(1), 129- 139.

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