En análisis: La vida oculta [SPOILER]

Análisis de películas
Publicado: 14 Marzo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

ADVERTENCIA SPOILER: El artículo que va a leer a continuación hace referencia a partes de trama de la película y al desenlace de esta, no seguir leyendo si no desea que le destripemos la película.

Padre, ¿por qué me has abandonado?

Nadie que haya visto La vida oculta (A Hidden Life, Terrence Malick, Estados Unidos-Reino Unido-Alemania, 2019) se atrevería a dudar de lo profundamente religioso que es su argumento.

En cerca de tres horas, Malick nos habla de nuestro deber como individuos en el devenir de la Historia. Para ello, el director de Días de Gloria (Days of Heaven, Estados Unidos, 1978) y La delgada línea roja (The Thin Red Line, Estados Unidos, 1998) parte de una cita de la novela Middlemarch: Un estudio de la vida en provincias, de la escritora Mary Anne Evans, mejor conocida como George Eliot.

La frase en cuestión dice lo siguiente:

«Que no nos vaya tan mal a ti y a mi como pudiera haber ocurrido se debe, en parte, a los muchos que vivieron una vida oculta y que ahora descansan en tumbas que nadie frecuenta».

El mensaje es claro: además del progreso económico y tecnológico, existe un progreso social que se debe a muchos héroes anónimos. Y si acaso hoy somos más libres y felices se lo debemos a todos ellos, que nos precedieron y estuvieron dispuestos a correr riesgos, algo que la misma escritora hizo durante su propia vida.

Franz Jägerstätter (August Diehl), el protagonista del filme, es también uno de esos héroes. Su interpretación del dogma cristiano le hace rechazar la ideología nacionalsocialista que va cobrando fuerza en su país.

vida oculta el dogma cristiano

Para Franz, el cristianismo no solo es una retahíla de principios morales. Es también una exigencia. Una losa pesada que no todos están dispuestos a echarse encima.  Por esa misma razón es que el pintor Ohlendorf (Johan Leysen) le dice que prefiere pintar cristos afables, con halos benévolos sobre su cabeza.

Ohlendorf está seguro de que la gente no quiere que se le recuerde constantemente lo demandante que resulta la vida cristiana. Pero Franz es distinto a la mayoría de los hombres y sabe que el mensaje de Cristo no es uno de paz, tal como se explica en el capítulo 10 del Evangelio según San Mateo:

«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Por supuesto, Jesús no está hablando literalmente de confrontar a los familiares, sino de desafiar a la autoridad y al orden social cuando estos contravienen los preceptos sagrados.

Así, cada cristiano está obligado a cumplir con este deber, pero su obligación no radica simplemente en el cumplimiento de la voluntad divina, sino en encarnar tal voluntad. Dicho de otra forma, cada cristiano, cuando actúa en nombre de Dios y cumple sus mandatos, se vuelve representante de Cristo mismo.

Tal es el mensaje que podemos encontrar en otro pasaje del Evangelio de Mateo, en el que Jesús le dice a sus discípulos que donde dos o más se reúnan en su nombre, allí estará él en medio de ellos. Más que una promesa, se trata de una revelación. Un mensaje que parece decir: «en mi ausencia, ustedes son Dios».

De este modo, no es necesario esperar un segundo advenimiento. Cristo ya está aquí cuando quienes creen en él forman una comunidad en su nombre. Tal es la tremenda misión de cada cristiano. Pedro, incluso, parece intuir la dificultad y por eso es que pregunta cuántas veces debe perdonar a quien peque contra él, a lo que Jesús le responde que «hasta setenta veces siete».

La exigencia se antojara imposible para muchos. Pero para otros, como Franz, es un mandato que no puede ignorarse, pues representa el corazón mismo de la fe cristiana. Un auténtico seguidor de Cristo debe anteponer su mandato a cualquier otra cosa. Debe colocar la autoridad divina antes que la terrenal.

vida oculta dios ante lo terrenal

Eso es precisamente lo que hace el protagonista del filme. Por momentos, la tenaz persistencia de Franz nos recuerda mucho más a la Antígona de Sófocles que a Jesucristo mismo. Como sabemos, Antígona confronta a su tío, el rey Creonte, por dar una orden que infringe la ley divina.

[SPOILER SOBRE EL DESENLACE DE LA PELÍCULA]

Al igual que Antígona —y todos los héroes trágicos que se atreven a transgredir el orden social dominante—, Franz es condenado a muerte. Un final que resulta tan lógico como probable, toda vez que el personaje ha decidido actuar en contra de los intereses de la colectividad. El único final posible es su derrota por la enorme estructura social a la que se opone.

Cada que Franz se niega a jurar por Hitler, su transgresión se vuelve más y más grave. Esto lo lleva a una situación crítica que solo puede resolverse con su muerte, es decir, la exclusión del elemento que perturba el orden social. Una exclusión de la que es víctima aun antes de ser condenado a muerte: en el cumplimiento de su deber cristiano, Franz es abandonado por la iglesia misma, así como por sus amigos y su gobierno. Eventualmente, es también abandonado por Dios.

[FIN DEL SPOILER SOBRE EL DESENLACE]

Al principio, cuando busca, ingenuamente, el respaldo de la Iglesia, Franz encuentra que ésta ya ha sido derrotada por la ideología. Los sacerdotes temen las represalias de ponerse en contra del nazismo y adoptan una postura neutral.

Esto queda muy claro en la homilía del Obispo Fliesser (Michael Nyqvist), la cual plantea que hay que recibir el golpe del martillo con estoicismo, como un yunque; sin devolver el golpe, pero con entereza, pues «aquellas cosas que son forjadas por el martillo y el yunque toman la forma de ambos». En teoría, pareciera que el obispo recomienda ser pacientes y no dejarse doblegar. Pero en la práctica, en las condiciones en las que se encuentran, toda falta de acción significa contribución.

Esta posición se ilustra perfectamente con la conocida frase de Edmund Burke: «Para que la maldad florezca, sólo hace falta que la gente buena no haga nada».

Sin apoyo de la iglesia, Franz debe hacer frente a la presión social que intenta «regresarlo al corral» de la ideología dominante. Lo interesante, sin embargo, es la forma en que la sociedad intenta convencerlo. Ciertamente, le retiran todo apoyo y hay acoso y violencia física, pero cuando hablan con él lo hacen adoptando una postura paternal y por momentos parece que tratan de sobornarlo, otorgándole tácitamente una superioridad moral.

Incluso las autoridades militares intentan razonar con él, en lugar de solamente castigarlo. Esto deja a la vista un aspecto importante de la ideología totalitaria: no solo el individuo debe adoptar la ideología, sino que debe hacerlo voluntariamente. En otras palabras, Franz es libre de tomar la decisión que quiera, siempre y cuando esa decisión sea sumarse al credo dominante.

vida oculta Franz intenta ser convencido por las autoridades

Paradójico como suena, este aspecto es lo que hace que la doctrina de cualquier régimen totalitario resulte insalvable. Y es que, a simple vista, pareciera que en verdad existe una alternativa, pero en el fondo la orden es mucho más poderosa y ejerce una presión más fuerte.

Por eso es que la terquedad de Franz resulta tan ofensiva para el pueblo. A los ojos de los demás, sus actos carecen de heroísmo. Si Franz fuera considerado un héroe, le tendrían envidia. Algunos, incluso, se sentirían motivados a seguir su ejemplo. Por el contrario, la decisión de Franz es más fuerte porque no ensalza su heroísmo, sino que expone la cobardía del resto, y esto resulta aun más insoportable.

Solo el Juez Lueben (Bruno Ganz) parece conmovido por la tenaz persistencia de Franz. Incluso, intenta ponerse en su lugar y le confiere explícitamente  superioridad moral. «¿Me juzgas?», le pregunta a Franz, cuando, irónicamente, él es el juez. Un juez impotente, como nos deja claro Malick con ese acercamiento que hace de sus manos.

El único apoyo verdadero e incondicional que le queda a Franz es el de su esposa Fani (Valerie Pachner). Juntos ponen su destino en manos de Dios, pero este no les responde y su silencio parece cada vez más insoportable.

¿Cómo seguir con la misión si aquel que la ha encomendado parece haber abdicado? Esa misma postura fue la que llevó a gritar a Jesús en la cruz «Elí, Elí, lemá sabactani?». Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?

Pero la fe de Franz es inquebrantable. Al igual que Job, persiste en la adversidad. Al igual que Cristo, asume su destino a pesar del sinsentido al que se enfrenta. Sus actos nos demuestran que, cuando no hay una autoridad divina, el individuo no solo es responsable de hacer lo que le corresponde, sino que también es responsable de decidir qué es lo que le corresponde. Franz decide seguir actuando en nombre de Dios, a pesar de su silencio.

Basándose en un argumento semejante, el crítico literario Lionel Trilling habló de «la obligación moral de ser inteligente». Con ello no se refería a la capacidad intelectual del individuo, sino al deber ético que corresponde la actividad intelectual. Dicho de otro modo, no se trata de qué tanta inteligencia un posee, sino en cómo la usa.

Los héroes anónimos que describe George Eliot están dispuestos a morir por aquello en lo que creen. Esto es lo que hace a sus actos tan trágicos como admirables. Nos recuerdan que el hombre no es simplemente un producto de las circunstancias sociales que le determinan; por el contrario, cada individuo también tiene un margen de libertad para decidir cómo actúa a pesar de su contexto.

Como buena tragedia, La vida oculta es fascinante porque nos hace llegar sanos y salvos al otro lado del abismo, pero siempre recordándonos que a nosotros podría pasarnos lo mismo. ¿De qué lado vamos a estar cuando esto suceda?

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