Blow the man down y la ambigüedad moral

Análisis de películas
Publicado: 30 Marzo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

Hazlo, pero no lo disfrutes

El pueblo ficticio de Easter Cove es uno de esos sitios donde la certidumbre moral parece haber sido suspendida. Como cualquier otra comunidad, esta localidad de Maine cuenta con reglas bastante claras que garantizan una correcta convivencia. Pero cuando las hermanas Connolly (Morgan Saylor y Sophie Lowe) intentan ocultar un asesinato cometido por una de ellas, sus acciones las llevan a desentrañar un esquema social un poco más complejo de lo que habrían imaginado.

Descubren, sin querer, que en el pueblo hay normas implícitas que, aunque nunca son reconocidas públicamente, son cruciales para mantener el orden. El cumplimiento de tales reglas es supervisado por tres mujeres (June Squibb, Marceline Hugot y Annette O'Toole) que parecen estar por encima de la ley oficial y se erigen como la única autoridad relevante.

Si bien a primera vista pareciera que estas mujeres actúan motivadas por sus propios intereses y una presunta superioridad moral, lo cierto es que su conducta tiene el propósito de preservar un sistema que es producto de la necesidad. Easter Cove es un pueblo frecuentado por pescadores, muchos de ellos violentos y libidinosos que, apenas ponen pie en el puerto, comienzan a provocar disturbios. El saqueo y la violación son los crímenes más comunes.

Ante la situación, se requiere de un sistema de justicia eficiente que permita mantener a raya la amenaza. No obstante, los hombres que se encargan de hacer prevalecer la ley cuando no son viejos e ineptos son jóvenes e inexpertos. Ciertamente, ninguno de ellos es capaz de garantizar a sus pobladores la protección que requieren. El sistema matriarcal de Easter Cove surge, por tanto, como una forma de llenar ese vacío de poder suscitado por la ineptitud de sus figuras masculinas, que parecen tan endebles como aquella efigie de cartón que se encuentra a un costado de la carretera. Sin duda, un monumento de lo más apropiado.

Sin nadie que las proteja, las mujeres deciden hacerse justicia por su propia mano. Para evitar ser blanco de los ataques de los pescadores, instauran un burdel como distracción, de modo que los visitantes puedan saciar sus apetitos sexuales con «sexoservidoras profesionales», manteniéndose así alejados de las mujeres locales.

No obstante, de inmediato salta a la vista un dilema ético que pone en evidencia la ambigüedad moral de este sistema. En principio, ¿qué tipo de razonamiento les permite justificar la explotación sexual de otras mujeres para evitar la propia? ¿Acaso estas chicas merecen ser expuestas como carne de cañón solo por haber nacido en otro pueblo? La consigna, en este caso, pareciera ser «mejor ellas que nosotras».

Esta doble moral del sistema permite, a su vez, que un negocio tan impúdico como lo es un burdel pueda ser establecido sin considerarse una afrenta al decoro y las buenas costumbre del pueblo; como si la necesidad formara un halo de santidad que exculpa el pecado. Aquí, una conocida frase de los católicos me viene a la mente: «no es por vicio ni por fornicio, sino para darte un hijo a tu servicio». Lo hacemos porque lo necesitamos, pero no nos produce ningún placer.

derribad al hombre Susie Dorren y Gail

De este modo, el burdel se vuelve la primera línea de defensa contra el exterior. Actúa como una suerte de filtro que atrapa la suciedad e impide que esta penetre en el pueblo. No obstante, con el paso del tiempo, la situación llega a un status quo y, con ello, la amenaza que justifica su existencia comienza a disiparse. El negocio pierde su razón de ser y el hecho de que se mantenga operando se percibe como el nuevo peligro. La institución heroica se ha vuelto una fechoría.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Desde el inicio, todas las involucradas sabían que el burdel era una solución «indecente». ¿De dónde surge este cambio tan repentino?

En resumen, lo que ha ocurrido es que la concupiscencia se ha normalizado a tal grado que es vista como algo inocuo. De pronto, el halo que absolvía el pecado ha sido retirado, dejando al descubierto el vicio que yace debajo. Ahora, ya no solo asisten los pescadores, sino también los maridos de las mujeres del pueblo. El burdel ha dejado de ser un filtro para convertirse en un foco de infección moral.

En todo caso, el problema va más allá de la decencia. El hecho fundamental, lo que resulta verdaderamente ofensivo e insoportable para este grupo de mujeres, es que el burdel siga operando tan cínicamente a plena luz de día, sin hacer el menor intento de disimular sus actividades. En otras palabras, lo que molesta no es el vicio en sí, sino la exposición pública y descarada del vicio. Una cosa es recurrir a lo inmoral para salvarse, otra muy diferente es hacerlo por satisfacción personal. El delicado balance entre placer y deber ha sido alterado.

«Hazlo, pero no lo disfrutes». Ese bien podría ser el lema no oficial de Easter Cove. Y es que, como pronto descubren las hermanas Connolly, si quieres formar parte de esta comunidad, tendrás que ensuciarte las manos y derribar al hombre, es decir, la falsa idea de protección patriarcal que representa la ley convencional.

En este pueblo no hay espacio para las damiselas en peligro ni para caballeros de reluciente armadura. Lo único con lo que puedes contar es con el apoyo de Susie, Dorren y Gail, quienes velan por los intereses de la comunidad.

Ellas harán lo posible para ayudarte, desde proporcionarte un amigable consejo hasta hacer la vista gorda cuando cometas un crimen. A fin de cuentas, en Easter Cove todo está permitido, siempre y cuando se cuente con la complicidad de la autoridad moral.

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