Honey Boy: Con el padre a cuestas

Análisis de películas
Publicado: 24 Marzo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

La figura paterna en Honey Boy

En Honey Boy (Alma Har'el, Estados Unidos, 2019), Shia LaBeouf interpreta a James, un padre que mediante el maltrato físico, el insulto y la constante humillación, ejerce violencia sobre su hijo de doce años, Otis (Noah Jupe).

A los ojos de James, la violencia se justifica porque cree tener la razón, lo que le hace ser rígido e intransigente al imponerla. Pero también es una forma de desquitar la frustración que le causa el ser empleado de su propio hijo, quien es un incipiente actor infantil.

A través del maltrato, James intenta anular a su hijo como sujeto y vulnerar su amor propio. Esto repercute en el chico y en su posterior compromiso con la realidad. «¿Por qué estoy aquí?» pregunta un Otis de 22 años (Lucas Hedges) desesperado entre los barrotes de su celda, luego de un altercado con la policía. Solo él posee la respuesta a semejante interrogación. En su caso, la prisión es interna, lo mismo que el infierno.

A partir de entonces, somos testigos del constante ir y venir de Otis entre su pasado y su presente, un viaje que tiene como único propósito dar con algo que se aproxime a una respuesta. ¿Por qué está ahí?

La respuesta es clara: lleva al padre a cuestas. La identificación que ha hecho con él ha sido esencial para construir su identidad como hombre. Ahora bien, para que se haya producido esta identificación, Otis debió amar a su padre a pesar del maltrato. Un amor que, por otro lado, le es imposible manifestar, toda vez que su padre le ha enseñado a ocultarlo. Tan es así que James ni siquiera es capaz de darle la mano en público por miedo a que lo consideren un pederasta.

Esta inhibición del vínculo amoroso se manifiesta posteriormente en Otis en su insistencia masoquista de hacerse pegar, de excitar la violencia del otro y de ser el hazmerreír. De igual forma, mediante la identificación, James pasa de ser una figura externa a formar parte del mundo interno de Otis, quien intenta mantener viva la figura del padre haciéndose alcohólico y violento como él.

La terapia con la Dra. Moreno (Laura San Giacomo) le ayuda a volverse consciente de estos aspectos que estructuran su realidad través de la escritura. Una vez que Otis logra manifestar sus fantasmas de forma consciente, logra transformarlos. Pero no resulta algo sencillo. Su padre le ha impuesto una ley que le produce miedo a la vida. El mundo hostil es su principio de realidad, lo que le da estructura. Sin él, Otis pierde su identidad.

De ahí su desesperación: «Lo único que mi padre me dio es dolor, ¿quieres quitármelo también?». Evidentemente, esta frase entabla un diálogo directo con la primera pregunta, «¿Por qué estoy aquí?». Este diálogo representa un circulo vicioso que, por instantes, nos remite al ciclo de la violencia.[1] La única forma de romperlo es redefiniendo la figura del padre, admitiendo su hostilidad pero también reconociéndolo como ser humano.

Al final, Otis no se estanca en su condición de víctima sino que logra darse cuenta que ya no es un niño y ahora puede confrontarse de tú a tú con el padre. Llevarlo a cuestas, pero ya no como aquel hombre violento que desquita sus frustraciones con él, sino como aquel que le dio una identidad.

Al liberarse de sus ataduras, Otis logra perdonarlo y recuperar, de paso, la ilusión de crear y de vivir.


[1] En su libro, El psicoanálisis ante la prueba de las generaciones Serge Tisseron afirma que existe una transmisión de la violencia a través de las generaciones. «Cuando en una generación algo no es hablado (por vergüenza, angustia, temor, etc.), quedando como lo indecible, pasará a la generación siguiente como innombrable y a la tercera, como impensable. Es decir, este tipo de transmisión crea en el niño zonas de silencio representacional, dificultando el pensamiento.

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