After Truth: Nada es verdad, nada es mentira

Análisis de películas
Publicado: 30 Marzo 2020
Escrito por Jorge Rodríguez Patiño

Posverdad: el costo de las noticias falsas, paparrucha en tiempos de coronavirus

En los días recientes, HBO ha presentado su cinta de no-ficción titulada Posverdad: el costo de las noticias falsas (After Truth: Disinformation and the Cost of Fake News, Andrew Rossi, Estados Unidos, 2020).

En ella se hace un recuento de algunas de las noticias falsas más populares de los últimos años, desde la operación Jade Helm hasta el asesinato de Seth Rich, pasando por el infame Pizzagate.

La narrativa se centra no solo en el origen de estos bulos, sino también en sus terribles consecuencias. No obstante, más allá de lo controvertido e impactante que pudiera llegar a ser el tema, lo que el filme suscita finalmente es la reflexión y el debate.

Sin duda, la proliferación de paparruchas es un asunto bastante preocupante. El saber que los hechos importan menos que la interpretación subjetiva y que cada quien es capaz de definir una verdad con base en sus creencias personales no es algo sencillo de digerir, pero no es algo reciente. Ya en 1846, Ramón de Campoamor reflexionaba acerca de la verdad, tal y como se puede constatar en algunos versos de La fe y la razón:

No hay verdad en la experiencia

ni dicha fuera de mí

[…]

¿Mi verdad es la verdad?

[…]

¿Cuál es la verdad que exploro?

[…]

¡Maestro! Vuestra opinión

que es ilusión confesad,

y si no es una ilusión,

mi mente es la autoridad;

la dicha es mi corazón;

soy lo que «es»; y en conclusión,

mi verdad es la verdad,

mi razón es la razón.

O en uno de sus más ilustres poema, Las dos linternas, donde escribiría:

Y es que en el mundo traidor

nada hay verdad ni mentira:

«todo es según el color

del cristal con que se mira».

En lo personal, el aspecto que me resultan más alarmante del filme es que mientras se enfrasca en el debate de la ética de compartir o no noticias falsas, deja de lado la responsabilidad del individuo. Así, la narrativa se centra en presentar a quienes originan los bulos, pero deja de lado uno de los aspectos fundamentales de su propagación: la comunidad que lo comparte.

Lo cierto es que no podemos restarle responsabilidad ni relevancia al individuo que dispersa el bulo. En ese sentido, muchos de los entrevistados parecen más interesados en castigar al que lo origina, como si de esta manera se fuera a terminar con el problema definitivamente. Acaso olvidan —o ignoran, o prefieren desatender— que la paparrucha siempre ha existido en la sociedad; en todo caso, lo único que cambia es el medio. Actualmente, las redes sociales y el internet determinan, sobremanera, su inmediatez.

Quizás más impresionante resulta la disposición de un amplio sector de la población en sacrificar sus libertades individuales con el propósito de obtener una aparente protección de las noticias falsas. Muchos de los entrevistados parecen estar convencidos de que la prohibición es la solución para evitar que los bulos se propaguen. ¿A qué costo?, me pregunto.

Me parece que su ingenuidad les impide ver que una vez que le otorgas permiso a un Gran Otro de prohibir cualquier libertad —en este caso, la de expresión—, te expones a que en un futuro ese Gran Otro lo haga contigo cuando algo no le parezca adecuado. ¿Dónde se traza la línea?

En su obra Verdad y Política, Hanna Arendt nos plantea lo siguiente:

Spinoza, que aún creía en la infalibilidad de la razón humana y que a menudo recibe equivocadamente el título de campeón de la libertad de palabra y de pensamiento, sostenía que «cada hombre es, por irrevocable derecho natural, dueño de sus propios pensamientos», que «el entendimiento de cada hombre es suyo y las mentes son distintas como los paladares», de lo que concluía que «es mejor garantizar lo que no se puede anular» y que las leyes que prohíben el libre pensamiento sólo pueden desembocar en la existencia de «hombres que piensen una cosa y digan otra» y, por consiguiente, en «la corrupción de la buena fe» y en «el fomento de... la perfidia». Sin embargo, Spinoza nunca exige libertad de palabra, y el argumento de que la razón humana necesita comunicarse con los demás y, por tanto, ser pública en bien de su propia integridad brilla por su ausencia. Incluso clasifica la necesidad de comunicación del hombre, su incapacidad para ocultar sus pensamientos y callar, entre los «errores comunes» que el filósofo no comparte. Por el contrario, Kant afirmaba que «el poder externo que priva al hombre de la libertad para comunicar sus pensamientos en público lo priva a la vez de su libertad para pensar», y que la única garantía para «la corrección» de nuestro pensamiento está en que «pensamos, por así decirlo, en comunidad con otros a los que comunicamos nuestros pensamientos así como ellos nos comunican los suyos». La razón humana, por ser falible, sólo puede funcionar si el hombre puede hacer «uso público» de ella, y esto también es verdad en el caso de quienes, aun en un estado de «tutelaje», son incapaces de usar sus mentes «sin la guía de alguien más», y para el «estudioso», que necesita de «todo el público lector» para examinar y controlar sus resultados.

Dicho esto, la solución que podemos encontrar en el discurso del filme —eso, si sabemos buscarla— radica, me parece, entre dos puntos de vista que, aunque diametralmente opuestos, nos ofrecen cierta certeza ante una situación tan delicada.

Por un lado, el comentario del cínico Jack Burkman, que se muestra al inicio del filme, donde plantea que los bulos son parte de lo cotidiano.

«Las consecuencias pueden ser terribles. Pero ¿y qué? ¿Qué problema hay?»

Más allá del descaro que muestra este personaje tan detestable de la política norteamericana, hay cierta cordura en sus palabras: los bulos son parte de la vida y, por más terribles que sean, no podemos hacer nada para evitarlos.  

Lo que nos lleva al segundo punto de vista, esta vez a cargo del dueño de la pizzería Comet Ping Pong, James Alefantis, quien nos enseña que ante la adversidad y lo inevitable, lo único que podemos hacer es ser valientes, apoyarnos en la comunidad y hacernos responsables de nuestros propios actos.

«Las amenazas de muerte son algo difícil de aguantar, pero ya forman parte de mi vida. Pero es la comunidad la que me ha salvado. Nuestra comunidad. […] Podemos tener vigilancia, policías en cada puerta, alrededor del local, pero aún así seguía asustado. Hasta que un empleado me dijo: "Tenemos que abrir. Al Comet no pueden vencerlo. Esta comunidad nos necesita", o algo así. Así que abrimos porque ellos querían».

Lo que Alefantis comprende muy bien es que no se puede vivir con miedo. Como individuos que viven en una sociedad que depende de las redes sociales, es nuestro deber aprender a discriminar la ficción de los hechos reales. Nuestra participación debe ser activa y responsable, toda vez que no podemos esperar que un pantocrátor venga a protegernos de la mentira como si fuéramos niños indefensos. Más que la verdad en si misma, lo que importa es un compromiso con la verdad.

No importa cuánto deseemos creer en un Otro-Padre Todopoderoso, las noticias falsas seguirán ocurriendo; somos seres mortales y, tarde o temprano, nos enfrentaremos a nuevas tragedias, nuevos peligros; sucesos que van más allá de nuestro control y sobre los que ninguna persona o gobierno tienen dominio. 

No obstante, mientras le cedamos a un Otro nuestras garantías —por mínima que ésta renuncia pudiese llegar a parecernos—, le conferimos un tremendo poder sobre nosotros… a cambio de nada. Cederle al otro nuestros derechos significa asumir una actitud pasiva e infantil que puede resultar muy cara, incluso a corto plazo.

Lo que me recuerda a aquella fábula de Isaac Asimov donde un caballo, temeroso de un lobo, recurre al hombre para que lo proteja y, a cambio, le concede dejarse montar por él. El hombre acepta sin titubear el trato y mata al lobo. Posteriormente, el caballo aliviado se acerca a él y le dice: «Ahora que nuestro enemigo está muerto, quítame la silla y el bocado, y devuélveme la libertad». Pero el hombre se echa a reír a carcajadas y le contesta: «Vete al infierno. ¡Al galope!». Y entonces lo espoleó con todas sus fuerzas.

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